Poeta maldito, bebedor infatigable, notable ejemplar de la bohemia latinoamericana, Efraín Huerta (1914-1982) fue junto a Octavio Paz —con el que compartió amistad toda su vida desde la escuela preparatoria— uno de los pilares de la poesía mexicana del siglo XX. Miembro del Partido Comunista hasta su expulsión en 1944, profesó el periodismo durante toda su vida, abarcando (como en su poesía) todos los géneros, siendo reportero, reseñista, editorialista, crítico de cine, entrevistador y cronista de espectáculo. Desde sus primeros poemarios, como Absoluto amor (1935) o Poemas de guerra y esperanza (1943), uno puede sentir la especificidad de una palabra acalorada por las noches de la ciudad de México, así como a su vez purificada por las albas y lloviznas del país: “Yo soy, testigo muerto, testigo de la sangre / derramada en España, / reverdecida en México / y viva en mi dolor”. Emparentado con el surrealismo de Federico García Lorca, Rafael Alberti y Pablo Neruda, el registro de la obra de Huerta es muy amplio: incluye la delicadeza lírica del amor declarado, pasando por el sarcasmo y el erotismo, así como la cólera política y los problemas intrínsecos de México y la tradición idiomática.

A diferencia del formalismo aún imperante, canonizado en los delicados cristales limados por Octavio Paz, en la obra de Efraín podemos encontrar veloces y disparejos endecasílabos, combinados con versos libres y pausas versales de soltura impecables. Y si bien su retórica puede volverse por momentos enorme y visceral, como la densidad de un océano, a su vez contiene a los peces más brillantes del mercado: “lirios en bruto de indefinibles novias”, “Laten palomas grises en la orilla de todo amor”, “el aire huele a pensamientos muertos, / los poetas tienen el seco olor de las estatuas”. Se podría decir que desde la publicación de su libro capital, Los hombres del alba, de 1944 (posiblemente su propio Trilce o Residencia en la Tierra), la poesía de Huerta no dejará de crecer dentro de un mismo tono sombrío y conmovedor, y que a la vez funciona en los niveles desmitificadores de la transformación capitalista del Estado y de la sociedad mexicana. Enemigo de la policía montada, de la pequeña burguesía y de sus poetas publicistas, dedicó poemas a Hemingway, al “Che” Guevara, a Roque Dalton y a Javier Heraud, entre muchos otros, así como a paisajes de Puebla y Oaxaca, avenidas, calles y viejos bares de la ciudad de México. Recomendó, mucho antes que Charles Bukowski, que los poetas debían beber hasta el infinito, “hasta la negra noche y las agrias albas”. Una extensa parte de su obra, sin embargo, se inscribe por fuera de la oscuridad y la melancolía. Se trata de los “poemínimos”, cuyo resultado resulta homólogo a la antipoesía y los artefactos de Nicanor Parra (“Nadie / Dirá Jamás / Que no / Cumplí / Siempre / Con mi / Beber”; “A mis / Viejos / Maestros / De marxismo / No los puedo / Entender: / Unos están / En la cárcel / Otros están / En el / Poder”). Aunque esto no debería sorprendernos: Efraín tuvo el menor interés por hacer una carrera literaria convencional, y como recuerda su hijo David Huerta en el prólogo a esta nueva publicación, “se divertía haciéndose fama de maleducado y antilibresco, cuando la verdad simple y llana es que era un lector omnívoro, con un impecable juicio crítico”.

Esta edición de su Poesía completa, compilada por Martí Soler, incluye todo su trabajo en el género dentro de un “posible” orden cronológico, incluidos los poemas no coleccionados. Hacia el final del lúcido prólogo de David Huerta, sin embargo, leemos algo que llama la atención: “es una dignísima edición de un autor sobre el que hemos oído hablar mucho pero sobre el cual no se han escrito textos críticos de calidad”. Sería muy difícil leer o apreciar, sin embargo, los “Manifiestos y posiciones” de Roberto Bolaño, así como muchos de los trabajos de los infrarrealistas, sin rememorar la estela este poeta maldito, como si la mejor forma de crítica no estuviera en el acto mismo de la creación. Esta omisión quizás provenga del sabotaje que le hicieron al hijo de Efraín (como tantos otros ataques que los infrarrealistas le hicieron a Octavio Paz, máximo representante de la cultura oficial) hacia 1976 en una lectura, por considerarlo un poeta de privilegio por llevar el mismo apellido que su padre.


Texto publicado en Revista Ñ | 15/12/2021

Se publica La enfermedad de escribir, las encendidas cartas que el narrador estadounidense les envió a colegas, editores y amigos, entre ellos Henry Miller, Lawrence Ferlinghetti y su héroe literario John Fante.


Charles Bukowski no fue, a pesar de lo que consideran algunos, un escritor o un poeta improvisado. Lector hambriento y radical, como Arthur Rimbaud, compartía con éste, además, un programa poético que incluía fuertes dosis de alcohol y desarreglo, y cuyo propósito no era otro que golpear y desfigurar como un perro las instituciones y tradiciones literarias.

Esta edición y selección de su correspondencia, llena de fuerza, verdad y comprensión, enciende al igual que sus mejores obras la llama interna del bulldog con corazón de infierno.

Para Bukowski, antes que todo, existe un problema muy esencial: siempre ha habido un abismo demasiado grande entre la literatura y la vida, y quienes han creado literatura no han escrito sobre la vida y los que han vivido la vida han sido excluidos de la literatura.

Algunos avances habrían existido, claro, pero desde los tiempos de Shakespeare “la poesía era falsa y aburría a un muerto”. Enterado y nutrido de lo que sucedió y sucedía en el campo (desde el New Criticism y emergencias como la escuela Black Mountain o la Beat Generation), Bukowski sólo reconocía de su lado a aquellos que habrían pateado para el mismo lado de su llama: Louis-Ferdinand Céline, John Fante, el primer Hemingway, Knut Hamsun, y poetas como Ezra Pound, W. H. Auden y Stephen Spender.

Sin embargo, incluso de muchos ellos reclamaba distancia: “Corrington dice que Corso y Ferlinghetti tienen talento. No leo tanto como debería, pero creo que el poeta moderno tendría que reflejar las corrientes de la vida moderna, no hay que seguir escribiendo como Frost, Pound, Cummings o Auden, es como si se hubieran desviado de la meta dando traspiés, se han quedado antiguos. Siempre he pensado que Frost daba traspiés y que se salió con la suya a base de sandeces”.

En muchas de estas cartas, dirigidas a editores como John Martin, Jon Webb, Lawrence Ferlinghetti y Whit Burnett, así como a escritores como Harold Norse, Henry Miller y Jack Micheline, Bukowski rememora algunos hechos repetitivos de su biografía literaria: tras haber publicado varios relatos en la emblemática Story (revista que por primera vez publicó a autores como J. D. Salinger) y Portfolio, dejó de escribir por mucho tiempo.

Un día el futuro autor de Música de cañerías llegó al hospital general de Los Ángeles desangrándose vivo tras una borrachera que duró diez años: “Una vez acabé en el ala para pobres del hospital. Me salía sangre a chorros por la boca y el culo (…) me dejaron tirado dos días en una cama antes de hacerme caso, luego se les ocurrió la absurda idea de que tenía contactos en los bajos fondos y me metieron sin parar casi tres litros y medio de sangre y cuatro de glucosa. Me dijeron que si volvía a beber la palmaría. Al cabo de 13 días conducía un camión, levantaba paquetes de más de 20 kilos y bebía vino barato lleno de azufre. No se enteraban de nada: quería palmarla. Pero, como bien saben algunos suicidas, la estructura humana puede ser dura como el acero”.

Al salir del hospital, y con sólo 35 años, consiguió una máquina de escribir y empezó a teclear de nuevo, aunque esta vez poesía. Y ese fue el género en que incursionó hasta el último de sus días, pese a que hablamos de un autor que se consagró por medio de su columna Notes of A Dirty Man para el periódico independiente Open City de Los Ángeles y sus novelas (Mujeres, Cartero y Factótum), escritas entre los años 70 y los 80.

Esto es algo que se comprueba en una de sus cartas a Jon Webb, fechada en agosto de 1960: “Varias personas me han pedido que escriba una novela. Que les den. No escribiría una novela ni aunque me lo suplicara Jruschov. Mandé todo a la mierda durante 10 o 15 años, no escribí nada”.

Fue su amigo y editor de Black Sparrow Press, John Martin, quien le ofreció una remuneración mensual a fines de los años 60 para que el autor dejara de trabajar en la oficina de correos y pudiera dedicarse a la escritura a tiempo completo.

Amante de los hipódromos, lugar donde salía a buscar inspiración cuando se secaba, lo que más detestaba Bukowski era la sociabilidad y el egocentrismo de grupos populares como los Beats, quienes creían, según él, que estar en el mainstream literario era más importante que la propia creación literaria (“dependen de Timothy Leary y de Bob Dylan, quienes acaparan las noticias de portada”).

Bukowski se mantuvo alejado de los focos y se entregó en cuerpo y alma a la escritura. Para él, básicamente, la creación era una válvula de escape para lo que de otra forma terminaría en suicidio o en el encierro en un manicomio. Creía, por otro lado, que los poemas tenían que salir de la misma forma que sale un vómito a la mañana luego de una borrachera.

Por eso detestaba a poetas que consideraba rebuscados y complejos, como T. S. Eliot, Robert Lowell y Robert Creeley: “Fracasamos cuando comenzamos a mentirnos en los poemas solo porque queremos crear un poema. Por eso nunca reviso nada, y dejo todo tal cual lo escribo; si he mentido en un principio, no sirve de nada revisar los poemas, y si no he mentido no tengo nada de lo que preocuparme. A veces leo poemas en revistas como Poetry de Chicago y noto que los han cepillado y pulido. Paso las páginas y nada, solo mariposas, mariposas casi sin vida”, disparaba.

Todo este epistolario reunido se caracteriza por su espontaneidad y sinceridad. De hecho, parecen poemas y huelen a vida. Contienen, además, pasajes muy felices de misivas que le envió a muchos escritores que admiraba, como Hilda Doolittle y John Fante, su Dios literario.

A pesar de ser un caballo de mal carácter, difícil de montar y que no aparentaba ser un ganador, muchos de sus editores (especialmente Jon Webb, Marvin Malone y John Martin) siempre creyeron que Bukowski era un diamante en bruto.

Estos escritos, que incluyen momentos que van desde su juventud hasta sus últimos días, demuestran claramente cómo Bukowski se valió por sus propios medios: sin formación académica, sin contactos en el campo literario. Y sin embargo logró lo que todos escritores anhelan: ser leído por todo tipo de público y vivir, aunque de forma tardía, de su escritura.

En una de las últimas cartas, escrita dos años antes de su muerte, Charles Bukowski precisó: “No hay mayor recompensa que escribir. Lo que viene después es secundario. No entiendo que los escritores dejen de crear. Es como arrancarse el corazón y tirarlo al inodoro junto con la mierda. Escribiré hasta mi último aliento, me da igual que guste o no. El final será como el comienzo. Ese es mi destino”.


La enfermedad de escribir, Charles Bukowski. Trad. Abel Debritto. Anagrama, 248 págs.

27/01/202 | Clarín.com Revista Ñ Literatura Reseñas

En coincidencia con los 100 años del nacimiento de Jack Kerouac, se publica Las mejores mentes de mi generación, que reivindica las virtudes de estos míticos compañeros de ruta.


Editado por Bill Morgan, Las mejores mentes de mi generación: Historia literaria de la Generación Beat, reúne las conferencias que Ginsberg dictó en Naropa Institute de Boulder (Jack Kerouac School of Disembodied Poetics) y en la Universidad de Brooklyn entre 1977 y 1994.

La etiqueta de “rebelión social” ha ocultado la radical propuesta de una visión suprema de la realidad, una ruptura con la naturaleza de la conciencia corriente que ponía de manifiesto la existencia de una más amplia: “Nuestra búsqueda elemental de una forma de mentalidad original, o mentalidad central, no era una rebelión de modo alguno, aunque, como es lógico, en la búsqueda de un corazón o una mentalidad más amplios había que reventar algunas convenciones sociales”.

El budismo, las drogas, el jazz, la influencia de la cultura negra, los viajes a México, fueron solo algunos de los elementos que ayudaron a ampliar estos horizontes. Gracias a estas interrelaciones, por ejemplo, se sentaron las bases de uno de los enfoques más interesantes de la poesía moderna.

Era la misma época, los años cuarenta, cuando William Carlos Williams introducía en el verso la idea de medida variable (pie variable) del habla estadounidense. Mientras saxofonistas como Lester Young y Charlie Parker, y trompetistas como Dizzy Gillespie y Miles Davis hacían algo equivalente con el jazz: el saxofón reflejaba el ritmo respiratorio del habla y era como si hablase con el acento conversacional o con el de la charla excitada. Se había introducido en la música y, esto es lo más importante, un elemento de la voz real reflejaba las irregularidades rítmicas del habla de los negros.

Lo anterior fue decisivo para el principal protagonista de estas conferencias, Jack Kerouac, y tal fue la teoría consciente que aplicó deliberadamente en Mexico City Blues. Sin duda a Ezra Pound, amante de la poesía provenzal (donde música y lírica se fusionaban en una), le hubiera gustado saber que los poemas de Kerouac eran simples canciones (imitaciones de ritmos y respiraciones de Charlie Parker) de tres minutos que entraban y salían de los oídos de todo el mundo, incluidos los suyos.

Las conferencias de Ginsberg muchas veces trabajan con este tipo de material, minucias del oficio, detalles técnicos, avances formales, aunque por momentos recurre a descripciones históricas y simples anécdotas. En estas páginas puede recorrerse la ciudad de Nueva York en los años cuarenta, y los lugares más emblemáticos donde se forjó la generación Beat: el Times Square como centro de gravedad, la Octava Avenida con sus bares de ancianos y adictos: “Europeos, maricones europeos, ocultos y al acecho. Burroughs exploró las drogas, exploró el Times Square y eso (es lo que) nos intrigaba a Jack y a mí, la exploración del mal, de lo siniestro”.

William Burroughs es otro de los protagonistas de este libro, a quien Ginsberg retrata como un simple hombre de acción: “No se consideraba en absoluto un escritor. Le interesaba más aprender a robar a los borrachos del metro y deambular por la Octava Avenida con yonquis. Era como Jean Genet, le atraía el mismo concepto de la moralidad y de las costumbres (…) No era un escritor entregado, se entregaba a otras cosas, se entregaba total y sacramentalmente a explorar su conciencia en cierto sentido, a llegar al final de su mente. Quería meterse en el pozo, el pozo del infierno o el paraíso, para ver lo que había en el fondo”.

Burroughs siempre fue un escéptico sobre el oficio. Escribir, para él, era una actividad romántica, hasta que le encontró una función práctica. Los análisis e interpretaciones en estas conferencias de obras como YonquiQueer El almuerzo desnudo demuestran la naturaleza política de su narrativa, de su obsesión por llegar al interior del lenguaje (palabra-virus que produce la identificación del deseo a través de la fijación lingüística), para llegar al interior de la conciencia y modificarla.

Otra de las figuras que trabaja Ginsberg en profundidad es la del poeta Gregory Corso, tan amigo y confidente suyo como Burroughs y Kerouac. A diferencia de ellos, la salida de la conciencia ordinaria en Corso se da a partir de lo que él mismo denominaba “automatismo”, una idea estética que implica tomar imágenes y símbolos y hacer que se contradigan continuamente, esto es, forjar asociaciones automáticas opuestas: “No dispares al jabalí: / Un niño se me acercó / agitando un océano con un palo”. Se trata de impugnar cada verso, cada verso se niega un poco a sí mismo. El método de Corso tiende a lo contrario, lo opuesto. La belleza como lo inesperado, la belleza como contrasentido, la belleza como sorpresa, la belleza como irrealidad, la belleza como cualquier cosa menos lo que se espera.

Ginsberg dedica, además, algunos apartados a Peter Orlovsky, Carl Solomon y John Clellon Holmes, así como a su propia correspondencia con William Carlos Williams y su expulsión de la Universidad de Columbia. Con inédita pasión y erudición, Allen Ginsberg trabaja sobre un material difícil de maniobrar y traicionar: la dinamita en el corazón de grandes escritores.

Todos ellos sabían, y posiblemente más que cualquier otra generación o movimiento, que estaban catalizando un gran cambio cultural. Aunque muy especialmente Ginsberg atiende cada una de las particularidades de sus integrantes. Cada uno con su propia vida secreta, sus propias humillaciones y victorias. Lo que importa en la literatura, de forma definitiva, es contar la verdadera historia del mundo.

Un pasaje dedicado a los últimos años de Kerouac, su trágico final y sus años de fama, da muestra suficiente del calibre del libro: “Kerouac era realmente un genio solitario e innovador que se adentraba por su cuenta en áreas de composición no reconocidas ni cartografiadas, con valentía suficiente para hacerlo solo. No tenía apoyos, no ya de la sociedad, sino ni siquiera de sus amigos, de su mujer, de su madre, de nadie. Yo estaba involucrado en la aventura de un modo personal, pero más que un apoyo era un lastre. Estoy totalmente avergonzado de aquel papel. Al cabo de unos meses le escribí cartas en que trataba de disculparme y de decirle lo mucho que me gustaba la obra. Me gustó inmediatamente, pero al mismo tiempo me pareció invendible y (como agente) pensaba desde el punto de vista de la publicación. Fue una lección traumática que aprendí sobre las condiciones del arte auténtico. A veces las cosas son desagradables. Cuando rompes la cáscara, brota mierda por la grieta y a veces es un verdadero lío, como en los partos de verdad”.


Las mejores mentes de mi generación. Historia literaria de la Generación Beat. Trad. Antonio-Prometeo Moya. Editorial Anagrama, 528 págs.

18/03/2022 | Clarín.com | Revista Ñ | Literatura

Asociado a menudo con el Renacimiento de San Francisco y la Generación Beat (participó de la emblemática lectura poética en la Six Gallery, y personificó a uno de los protagonistas de Los vagabundos del dharma de Kerouac), el mayor mérito de Gary Snyder fue erigir un puente entre la poesía moderna norteamericana y la cultura oriental.

Nacido en la ciudad de San Francisco en 1930, compartió con Allen Ginsberg y Jack Kerouac no sólo la amistad, sino también el objetivo de rescatar en su trabajo la vivacidad y la espontaneidad del habla coloquial. Sin embargo, y pese a estas semejanzas, uno de sus principales proyectos personales fue viajar al sudeste asiático.

Para ello, y tras finalizar sus estudios en la Universidad de Reed en Portland, se inscribió en el Departamento de Culturas y Lenguas Asiáticas de la Universidad de California en Berkeley, donde tomó clases de chino y Literatura Clásica China y donde comenzó a traducir al poeta tardío de la dinastía Tang, Han San.

En 1956, finalmente, obtuvo la beca del First Zen Institute of America y partió hacia Japón donde residiría durante casi doce años en las inmediaciones del Templo Daitoku-ji. A diferencia de muchos compañeros de su generación, que se quedaron en las grandes ciudades para enfrentar y denunciar al “Moloch” de la urbe (“tengo unos pocos amigos, pero están en las ciudades”), el salto de Snyder implicó una ruptura con la civilización occidental “judeo-capitalista-cristiana-marxista”.

Esta nueva selección de la poesía de Snyder, traducida ahora en nuestro país por Esteban Moore y Patricia Ogan Rivadavia, presenta un amplio recorrido por su trabajo, desde su primer título, Riprap and Cold Mountain Poems (1959), pasando por Turtle Island (1974) hasta Mountains and Rivers Without End (1996), entre otros.

La poesía de Snyder describe actos y hechos concretos. Al igual que la temática de la poesía de la dinastía Tang (período más alto y fructífero de la poesía china), su trabajo se nutre de la exaltación de la naturaleza, la descripción del paisaje, generalmente en función de determinados estados de ánimo del autor, de algún sentimiento o idea que quiere expresar: “En este mundo en llamas, turbio, mentiroso,/ bañado en sangre/ ese tranquilo encuentro en las montañas/ fresco y suave como los hocicos de/ tres alces, me ayuda a mantenerme cuerdo”.

La separación, la despedida y el distanciamiento de los seres cercanos (prácticas muy repetidas en la dinastía Tang, producto del estilo de vida libre y retirado de los grandes literatos), es otro de los rasgos que comparte con la escuela de Li Bai, Du Fu y Wang Wei: “No me molesta –vivir así / Cerros verdes –la extensa playa azul / Pero a veces –durmiendo a la intemperie/ Pienso en aquel tiempo –cuando te tenía”.

Todos estos poemas fluyen, además, a partir de los principales cimientos de la poesía moderna en lengua inglesa, y se adaptan al reclamo de Ezra Pound en tanto tratamiento directo y musical (no métrico), y de William Carlos Williams en tanto búsqueda de ritmo y habla propia de los Estados Unidos (Snyder hace un uso magistral de las pausas versales).

Desde 1969, vive en el paisaje agreste de la cuenca del río Yuba, al pie de la Sierra Nevada, en el estado de California. Además de sus aportes literarios, en las últimas décadas se ha convertido en un reconocido vocero de la defensa del medio ambiente y de las culturas conscientes de la preservación del hábitat natural.

La poesía, el budismo Zen, la práctica diaria del zazen, han sido para Snyder los puentes que han permitido el desarrollo de una nueva ética, una nueva estética y por tanto un nuevo estilo de vida: “El arroyo con sus sonidos es una larga lengua extendida./ La vaga imagen de la montaña en sombras un ancho cuerpo despierto./ Atravesando la noche canto tras canto./ ¿Cómo podré expresarme cuando amanezca?”.


03/02/2022 19:11 Clarín.com Revista Ñ Literatura Reseñas

Selección poética, Gary Snyder. Trad. Patricia Ogan Rivadavia y Esteban Moore. Alción Editora, 141 págs.

Juan Arabia (Buenos Aires, 1983) es poeta, traductor y crítico literario. Autor de numerosos libros de poesía, traducción y ensayos, entre sus títulos más recientes se encuentran: Desalojo de la naturaleza (Buenos Aires Poetry, 2018), L´Océan Avare (Al Manar, Voix Vives de Méditerranée en Méditerranée, 2018), Hacia Carcassonne (Pre-Textos, 2021) y Verso Carcassonne (Raffaelli Editore, 2022). Titulado de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, ejerce la crítica literaria además en el Suplemento de Cultura del Diario Perfil y en Revista Ñ de Diario Clarín, entre otros.

Luego de la publicación de El Enemigo de los Thirties (2015), premiado en Francia, Italia y Macedonia, Juan Arabia participó en varios festivales de poesía en Latinoamérica, Estados Unidos, Europa y China. En el 2018 fue invitado al festival de poesía en Francia (Sète) Voix Vives en representación de Argentina, así como en 2019 participó del encuentro Poetry Comes to Museum LXI auspiciado por el Shanghai Minsheng Art Museum, siendo el segundo poeta latinoamericano en ser invitado. Bulmenia (Buenos Aires Poetry, 2022) es su sexto libro de poesía.



Bulmenia III

Por un momento, y quizás por muchos años,
se agotaron los peces de Brescia
mientras el disparo del suicida coronaba las flores
más blancas y frescas del mercado.

Por eso bendice a los muertos esta noche
que desde su aburrimiento asfixian tu lámpara,
desde su silencio llenan tu copa
con el soplo estéril de sus vientres.

O ilumina tu rostro como el de un océano,
respira la profunda tristeza de los débiles,
camina por las calles menos transitadas
y llena tus bolsillos del oro defecado por el tiempo.

Ese alucinador que repta como un cangrejo
cambiando todos los espacios y direcciones.
Así llenaron tus pulmones de cisnes negros,
de tu corazón formaron una alcantarilla.

布雷西亚鱼


Poema escrito en Sourdough Mountain

El poeta Gary Snyder
estuvo seis semanas en el 53
en la cresta de esta roca
y vio todo lo que vigía ve,
vio las montañas moverse
y el profundo final del océano
vio el viento y el agua quebrarse
y al venado ramificar sus cuernos.


Pond Baedeker

The Pond, perhaps three of them
……….one a silvery tone one verdant
and his dance a pendant to the other
fanning the grey sky greying

the bottom of Pond, on
naming on, so enameled



BULMENIA
Publisher ‏ : ‎ Buenos Aires Poetry (April 11, 2022)
Language ‏ : ‎ Spanish
Paperback ‏ : ‎ 110 pages
ISBN-10 ‏ : ‎ 987847027X
ISBN-13 ‏ : ‎ 978-9878470276

Colección ABRACADABRA Paperback

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Extraído de La Piccioletta Barca 2021 | Issue 36 | October, 2021


This novel by Jay Parini, while displaying true events that occurred fifty years ago, can work from various places. First of all, as an autobiographical document, written with a spume similar to the dramatic and amusing stories by John Fante, possible outcome of the mixture of Italian-American blood that unites them. It can also be read as the record of the training of a poet, the difference that lies between the sterile academic world and the real one, that in which the frustrated professors and true writers such as Robert Graves and George Mackay Brown inhabit.

As if the story of the young Parini in the North of Scotland was not enough, escaping from the Vietnam War and shaping his literary career with the excuse of a doctorate in literature, less believable will be the irruption of Borges (the real one, at his seventy years of age) in these pages. And we are not talking about the Borges we know from his literature, his lectures or his interviews. Never the disseminated Borges, magnified or reduced to ideological ashes. Possibly the Borges more similar to the one from Adrogué, the one who by day refuted Frank Raymond Leavis and the theories on Keats by Amy Lowell, and by night lost himself in the limited multitude of the province.

The plausibility of this encounter is Alastair Reid, at that moment translator of Borges and tutor of the young Parini, who entrusts him for a week the care and protection of the Argentine given a familiar emergency in London.

Parini had not read Borges, although the latter was already renowned and had been translated into almost every tongue. To that encounter between two strangers, a car trip to the Scottish Highlands followed (Cairngorm, Aviemore, Inverness), which the Argentine insisted on knowing. Parini’s job was not very encouraging: to describe to a blind poet the landscapes and the results, detail by detail, impression by impression: “He would pay for our expenses, but this naming aloud would be my contribution to the trip. ‘Nothing exists,’ he said, ‘until it has found its way into the language.’”.  

In Borges his systematic alterations persist: everything that exists is literature, and everything has been eternally fixed. It only remains to wait for the angels to land on certain people’s shoulders. This way, a Highland landscape is a verse by Stevenson, the Stirling Bridge is a poem by Blind Harry.

This book, crucial to some extent, reformulates the symbol and myth of Borges, who with his own words, reminds the young apprentice: “Myth is a tear in the fabric of reality, and immense energies pour through these holy fissures. Our stories, our poems, are rips in this fabric as well, however slight”.

Despite all the metaliterature that exists in relation to Borges, few texts remember this fabric of reality, its immense energy.

Two anecdotes by Parini are memorable. The first, Borges’s encounter with the North Sea, since, as a child, he already longed for its presence: “Borges stopped on the brink of a sweeping dune, listening to the water or perhaps the gods.  He lifted his arms with his cane in the air and whirled around, but when he stopped, he was facing us and the Old Course, not the sea.  In a thundering manner, he began to recite The Seafarer in its original Anglo-Saxon: Mæg ic be me sylfum / soðgied wrecan, / siþas secgan”.

But there exists another real fabric, the Loch Ness and its mythologies: Borges facing Grendel, the monster from avernus, reciting the Song of Creation, falling from a boat.

Nothing of this, as well as Parini’s story, seems to be forged in a supernatural manner: the humility is infinite.

And Borges’ path becomes clearer, day after day: “The battle between good and evil persists, and the writer’s work is constantly to reframe the argument”.


Borges and Me: An encounter by Jay Parini is published by Canongate.

This text was originally published in Spanish in Revista Ñ. It is written and translated by Ignacio Oliden

Kennings

Fiestas de águilas muriendo por sombrero
castas y sepulcros de terciopelo
las escandinavas kennings
levantando los cadáveres del alba
el sonido de la imaginación de Arnaut
compatible con la de Eliot

Y dado que ahora solo fluye
lo que asciende lejos del centro
el águila y el mástil en la proa
el mar se convierte en la tierra del cisne
donde las piedras de la cara
buscan las tormentas del suelo

El distribuidor de espadas
permanece lejos del crecimiento 
donde el cuerno de la ola
y el daño de los bosques
borra la luz de las estrellas
en el encuentro de las fuentes

Bulmenia

From Bulmenia, to be published in 2022

(translated by Ignacio Oliden)


Yo trabajo de noche, desertando al ogro insaciable
que desfigura a los jóvenes y los deja acéfalos
sin cambiar una bolsa de manzanas por mi cabeza

Trabajo como el mar, como una sombra,
donde unos gorriones saltan sobre las migas del día
y las golondrinas hacen un escándalo por un pedazo de cielo

Bebo cianuro y venenos desconocidos,
           porque esta sed no tiene lámparas
y su cáscara se multiplica como la pobreza

Trabajo como todos trabajan,
sin lograr una estrella, sin saciar una pluma
            perdiendo todos los rumbos
dando pequeñas muertes en partes desiguales sobre mi cuerpo

           Sin alcanzar tan solo uno de mis sueños
dejo embriagar a unos pocos desamparados, restos esclavizados
que han sido y que por siempre serán difamados
           secados en el aire del crimen


Bulmenia


I work at night, forsaking the insatiable ogre
that leaves the young men disfigured and acephalous,
not trading a sack of apples for my head.

I work like the sea, like a shadow,
where sparrows jump on the crumbs of the day,
and the swallows make a fuss for a bite of sky.

I drink cyanide and poisons unknown,
           for this thirst has no lamps
and its crust is multiplied like dearth.

I work as everybody works,
not achieving a star, not satiating a quill
           losing the ways
giving slight uneven deaths on my body.

           Not reaching at least one of my dreams,
I let some helpless drunks proceed, enslaved remains
that have been and forever will be defamed
          dried in the air of the crime.



A NOTE ON BULMENIA


Puis, quand j’ai ravalé mes rêves avec soin,
Je me tourne, ayant bu trente ou quarante chopes,
Et me recueille, pour lâcher l’âcre besoin

RIMBAUD: “Oraison du Soir”


Arabia is configured in this monological song through the trade that has fallen to him, the craft that leads him to a perpetual activity, as the present tense of the intransitive verb “to work” depicts. At his desk, Arabia contours his own work: this is his clay which continually spins in its wheel, and to which he adds “cyanide and poisons unknown” to maintain its plasticity. Arabia “drinks” the cyanide, and its present tense in this case, accounts for the undeath, (maybe the unwanted undeath). We find what Harold Bloom calls “the suicidal version of Whitmanianism”, present in certain poems such as “Walking Around”, by Neruda:

(…)
Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.
[I stride along with calm, with eyes, with shoes,
with fury, with forgetfulness,
I pass, I cross offices and stores full of orthopaedic appliances,
and courtyards hung with clothes hanging from a wire:
underpants, towels and shirts which weep
slow dirty tears.] (W.S. Merwin’s translation)

Certainly, it is Neruda with whom Arabia writes. More particularly, the Neruda of “Entierro en el Este”:

Yo trabajo de noche, rodeado de ciudad,
de pescadores, de alfareros, de difuntos quemados
con azafrán y frutas, envueltos en muselina escarlata (…)
[I work at night, surrounded by city
of fishermen, of potters, of the burned dead
with saffron and fruit, wrapped in scarlet muslin]

But neither Neruda nor Arabia work in the real night, nor the dead are the real dead (in “Entierro en el este” a burial is described), but both inhabit the other night, the night of the conscience of the crowds, the one which is image of death. Arabia hands in his poetry, hands in his tears and his razzle, dirty with cyanide and ink and the corruptive germ of the city of man, and lets them be drank by someone else, a fellow poet perhaps, but indeed a fellow sleepless “drunk”, alienated, freed from the daily order. It is a sacrifice through which, first Arabia, and then his fellow drunks, consume the “poisons unknown”, and experience and cope with language.

It is to work under the light of a lamp, in a room that is an old yellow stamp as seen from a street in Buenos Aires, but that hardly contradicts the darkness of the alley; to obey the basic daily chore to justify one’s existence. Arabia must drink cyanide in order to produce, and must produce poetry in order to exist. I think now of Rimbaud, who works at night too, like Neruda and Arabia; Rimbaud, who begins his “Oraison du Soir” by saying: Je vis assis [I live sitting down], and who, like Arabia, drinks his “fuel” in order to work, and works “holding his chop filled with strong flutes”.

And what about the poet’s clay? What about Arabia’s work which has been nourishing and will continue being continually unsatisfied? The quill is not satiated, the “thirst has no lamps”, just like Rimbaud’s. The poet continues to model it in its perpetual spinning, and with it, he shapes himself. Here, Arabia and Rimbaud remind me of Stephen Crane’s creature in the desert:

(…)
Who, squatting upon the ground,
He held his heart in his hands,
And ate of it.
I said, “Is it good, friend?”
“It is bitter–bitter,” he answered;
“But I like it
Because it’s bitter
And because it is my heart.

Juan Arabia & Abhay K. | Buenos Aires, 2019

LA NACIÓN | Daniel Gigena

Poeta, traductor y editor, Juan Arabia (Buenos Aires, 1983) publicó su nuevo libro en el prestigioso sello español Pre-Textos, que dirige Manuel Borrás, y ahora comparte catálogo con el mexicano Alberto Blanco, el cubano Cintio Vitier, la peruana Blanca Varela, Hugo Mujica y María Negroni, por nombrar autores en lengua española. Hacia Carcassonne es a la vez un tributo a la poesía provenzal y un libro de viaje (en verso) por el sur de Francia, donde resuenan ecos de juglares y trovadores. Autor de libros como El enemigo de los Thirties (de 2015, y premiado en Italia y Macedonia), Desalojo de la naturaleza (2018) y L’Océan Avare (2018), Arabia es además egresado de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires y colabora en medios gráficos con reseñas y traducciones. Participó en varios festivales de poesía en América Latina, Europa e incluso la remota Asia: en 2019, fue el segundo poeta latinoamericano invitado al encuentro Poetry Comes to Museum auspiciado por el Museo de Arte de Shanghái.

Portada de "Hacia Carcassonne", publicado por Pre-Textos
Portada de “Hacia Carcassonne”, publicado por Pre-TextosGentileza Juan Arabia

En el sello que dirige -Buenos Aires Poetry- dio a conocer traducciones de libros poco conocidos de Ezra Pound, Charles Bukowski, Mina Loy y Dan Fante, así como también antologías de poetas de la Generación Beat y de los años 1930 en Inglaterra, como W. H. Auden y Cecil Day-Lewis (el padre del actor Daniel Day-Lewis). En la revista homónima se publican poemas, entrevistas, reseñas y ensayos.

“Comencé a escribir Hacia Carcassonne en el sur de Francia: Carcassonne, Provenza, Montpellier -cuenta Arabia a LA NACION-. En ese lugar los trovadores occitanos gestaron gran parte de la poesía moderna. Había dos tradiciones claras: el trobar leu (poesía fácil, ligera, llana) y el trobar clus (poesía hermética). Esas dos tendencias dividían un poco las aguas, y esto sigue pasando. Lo interesante es que toda esa literatura recuperada era en principio oral, y quienes se atrevían a versificar de modo ‘oscuro y cerrado’ tenían menos probabilidades de perdurar en la memoria del pueblo”. De los trovadores “herméticos”, el más reconocido es Arnaut Daniel, al que Dante en La Divina Comedia definió como “el maestro artesano” (y al que deja en el Purgatorio, a diferencia de los que pasa con el infortunado Bertran De Born). El nuevo libro de Arabia recorre la obra de esos poetas en clave contemporánea.

-¿Cómo se combinan en el libro formas tradicionales y modernas de la poesía?

Hacia Carcassonne puede leerse como un libro de poesía experiencial, que surge a partir del diálogo entre lecturas de formación y un viaje por el sur de Francia, así como una galería o estudio de la poesía provenzal. El inicio de la poesía moderna en lengua vulgar comienza con los trovadores medievales, época en donde la música y la lírica resultaban inseparables. Este libro trabaja con extremos de una vanguardia ya convertida en tradición (verso libre, pausa versal, economía visual) y una tradición que ha dejado de serlo.

-¿Qué representa la publicación en un sello como Pre-Textos?

-Es una forma de reactivar la formación: es una editorial que lleva cuarenta años publicando material, y yo tengo 38. Me formé leyendo muchos de sus libros, como Memoria de los poetas de los lagos, de Thomas de Quincey, o la poesía de Dante Gabriel Rossetti.

-¿En qué tradición se inscribe tu obra poética, en la que abundan referencias a poetas extranjeros?

-Podría decirse que me interesa más la poesía hermética, capaz de generar un lector activo, productor de múltiples sentidos. Esto ya funcionaba como una distinción para los mismos trovadores: el trobar clus y el trobar leu. Aunque esta disputa no debe leerse en términos de “facilidad” o “complejidad” de lectura, sino en términos de instrumentalización y unidimensalización del lenguaje.

-¿Cómo ves el panorama de la poesía en el país y en lengua española?

-Creo que las mayores diferencias se están dando a nivel estructural. En los últimos años, y por el surgimiento de muchos proyectos emergentes, se está comenzando a leer poesía sin tener que pasar por España. Antes esto no funcionaba de esta forma: ahora se están abriendo intercambios directos entre países latinoamericanos.

-¿Es sencillo combinar las tarea de editor, escritor y traductor?

-No hay muchas distinciones, porque básicamente me dedico a la poesía todo el día: cuando no estoy leyendo, hago traducciones o escribo crítica de poesía. Aunque el momento donde todo parece converger como un flujo sedimentado, como un proceso de síntesis, donde todo confluye, incluida mi propia vida y experiencia, es en mi propia obra poética.

-¿Cuál es el sello distintivo de Buenos Aires Poetry?

-Por un lado se les está dando mucho lugar y voz a nuevos autores de todo nuestro continente, especialmente de México y Chile; y por otro lado, se están publicando libros o autores que no estaban en circulación. Por ejemplo, los primeros libros de Pound (LustraExultations) o la poesía de Mina Loy, que ahora se reedita de forma ampliada, en traducción de Camila Evia, o la de Dan Fante. Lo mismo podría decir del reciente libro que editamos con Rodrigo Arriagada Zubieta: Thirties Poets. Solo se conseguían algunas cosas de W. H. Auden en nuestro idioma, pero absolutamente nada de Cecil Day-Lewis, Louis MacNeice o Stephen Spender.