Poeta maldito, bebedor infatigable, notable ejemplar de la bohemia latinoamericana, Efraín Huerta (1914-1982) fue junto a Octavio Paz —con el que compartió amistad toda su vida desde la escuela preparatoria— uno de los pilares de la poesía mexicana del siglo XX. Miembro del Partido Comunista hasta su expulsión en 1944, profesó el periodismo durante toda su vida, abarcando (como en su poesía) todos los géneros, siendo reportero, reseñista, editorialista, crítico de cine, entrevistador y cronista de espectáculo. Desde sus primeros poemarios, como Absoluto amor (1935) o Poemas de guerra y esperanza (1943), uno puede sentir la especificidad de una palabra acalorada por las noches de la ciudad de México, así como a su vez purificada por las albas y lloviznas del país: “Yo soy, testigo muerto, testigo de la sangre / derramada en España, / reverdecida en México / y viva en mi dolor”. Emparentado con el surrealismo de Federico García Lorca, Rafael Alberti y Pablo Neruda, el registro de la obra de Huerta es muy amplio: incluye la delicadeza lírica del amor declarado, pasando por el sarcasmo y el erotismo, así como la cólera política y los problemas intrínsecos de México y la tradición idiomática.

A diferencia del formalismo aún imperante, canonizado en los delicados cristales limados por Octavio Paz, en la obra de Efraín podemos encontrar veloces y disparejos endecasílabos, combinados con versos libres y pausas versales de soltura impecables. Y si bien su retórica puede volverse por momentos enorme y visceral, como la densidad de un océano, a su vez contiene a los peces más brillantes del mercado: “lirios en bruto de indefinibles novias”, “Laten palomas grises en la orilla de todo amor”, “el aire huele a pensamientos muertos, / los poetas tienen el seco olor de las estatuas”. Se podría decir que desde la publicación de su libro capital, Los hombres del alba, de 1944 (posiblemente su propio Trilce o Residencia en la Tierra), la poesía de Huerta no dejará de crecer dentro de un mismo tono sombrío y conmovedor, y que a la vez funciona en los niveles desmitificadores de la transformación capitalista del Estado y de la sociedad mexicana. Enemigo de la policía montada, de la pequeña burguesía y de sus poetas publicistas, dedicó poemas a Hemingway, al “Che” Guevara, a Roque Dalton y a Javier Heraud, entre muchos otros, así como a paisajes de Puebla y Oaxaca, avenidas, calles y viejos bares de la ciudad de México. Recomendó, mucho antes que Charles Bukowski, que los poetas debían beber hasta el infinito, “hasta la negra noche y las agrias albas”. Una extensa parte de su obra, sin embargo, se inscribe por fuera de la oscuridad y la melancolía. Se trata de los “poemínimos”, cuyo resultado resulta homólogo a la antipoesía y los artefactos de Nicanor Parra (“Nadie / Dirá Jamás / Que no / Cumplí / Siempre / Con mi / Beber”; “A mis / Viejos / Maestros / De marxismo / No los puedo / Entender: / Unos están / En la cárcel / Otros están / En el / Poder”). Aunque esto no debería sorprendernos: Efraín tuvo el menor interés por hacer una carrera literaria convencional, y como recuerda su hijo David Huerta en el prólogo a esta nueva publicación, “se divertía haciéndose fama de maleducado y antilibresco, cuando la verdad simple y llana es que era un lector omnívoro, con un impecable juicio crítico”.

Esta edición de su Poesía completa, compilada por Martí Soler, incluye todo su trabajo en el género dentro de un “posible” orden cronológico, incluidos los poemas no coleccionados. Hacia el final del lúcido prólogo de David Huerta, sin embargo, leemos algo que llama la atención: “es una dignísima edición de un autor sobre el que hemos oído hablar mucho pero sobre el cual no se han escrito textos críticos de calidad”. Sería muy difícil leer o apreciar, sin embargo, los “Manifiestos y posiciones” de Roberto Bolaño, así como muchos de los trabajos de los infrarrealistas, sin rememorar la estela este poeta maldito, como si la mejor forma de crítica no estuviera en el acto mismo de la creación. Esta omisión quizás provenga del sabotaje que le hicieron al hijo de Efraín (como tantos otros ataques que los infrarrealistas le hicieron a Octavio Paz, máximo representante de la cultura oficial) hacia 1976 en una lectura, por considerarlo un poeta de privilegio por llevar el mismo apellido que su padre.


Texto publicado en Revista Ñ | 15/12/2021

Se publica La enfermedad de escribir, las encendidas cartas que el narrador estadounidense les envió a colegas, editores y amigos, entre ellos Henry Miller, Lawrence Ferlinghetti y su héroe literario John Fante.


Charles Bukowski no fue, a pesar de lo que consideran algunos, un escritor o un poeta improvisado. Lector hambriento y radical, como Arthur Rimbaud, compartía con éste, además, un programa poético que incluía fuertes dosis de alcohol y desarreglo, y cuyo propósito no era otro que golpear y desfigurar como un perro las instituciones y tradiciones literarias.

Esta edición y selección de su correspondencia, llena de fuerza, verdad y comprensión, enciende al igual que sus mejores obras la llama interna del bulldog con corazón de infierno.

Para Bukowski, antes que todo, existe un problema muy esencial: siempre ha habido un abismo demasiado grande entre la literatura y la vida, y quienes han creado literatura no han escrito sobre la vida y los que han vivido la vida han sido excluidos de la literatura.

Algunos avances habrían existido, claro, pero desde los tiempos de Shakespeare “la poesía era falsa y aburría a un muerto”. Enterado y nutrido de lo que sucedió y sucedía en el campo (desde el New Criticism y emergencias como la escuela Black Mountain o la Beat Generation), Bukowski sólo reconocía de su lado a aquellos que habrían pateado para el mismo lado de su llama: Louis-Ferdinand Céline, John Fante, el primer Hemingway, Knut Hamsun, y poetas como Ezra Pound, W. H. Auden y Stephen Spender.

Sin embargo, incluso de muchos ellos reclamaba distancia: “Corrington dice que Corso y Ferlinghetti tienen talento. No leo tanto como debería, pero creo que el poeta moderno tendría que reflejar las corrientes de la vida moderna, no hay que seguir escribiendo como Frost, Pound, Cummings o Auden, es como si se hubieran desviado de la meta dando traspiés, se han quedado antiguos. Siempre he pensado que Frost daba traspiés y que se salió con la suya a base de sandeces”.

En muchas de estas cartas, dirigidas a editores como John Martin, Jon Webb, Lawrence Ferlinghetti y Whit Burnett, así como a escritores como Harold Norse, Henry Miller y Jack Micheline, Bukowski rememora algunos hechos repetitivos de su biografía literaria: tras haber publicado varios relatos en la emblemática Story (revista que por primera vez publicó a autores como J. D. Salinger) y Portfolio, dejó de escribir por mucho tiempo.

Un día el futuro autor de Música de cañerías llegó al hospital general de Los Ángeles desangrándose vivo tras una borrachera que duró diez años: “Una vez acabé en el ala para pobres del hospital. Me salía sangre a chorros por la boca y el culo (…) me dejaron tirado dos días en una cama antes de hacerme caso, luego se les ocurrió la absurda idea de que tenía contactos en los bajos fondos y me metieron sin parar casi tres litros y medio de sangre y cuatro de glucosa. Me dijeron que si volvía a beber la palmaría. Al cabo de 13 días conducía un camión, levantaba paquetes de más de 20 kilos y bebía vino barato lleno de azufre. No se enteraban de nada: quería palmarla. Pero, como bien saben algunos suicidas, la estructura humana puede ser dura como el acero”.

Al salir del hospital, y con sólo 35 años, consiguió una máquina de escribir y empezó a teclear de nuevo, aunque esta vez poesía. Y ese fue el género en que incursionó hasta el último de sus días, pese a que hablamos de un autor que se consagró por medio de su columna Notes of A Dirty Man para el periódico independiente Open City de Los Ángeles y sus novelas (Mujeres, Cartero y Factótum), escritas entre los años 70 y los 80.

Esto es algo que se comprueba en una de sus cartas a Jon Webb, fechada en agosto de 1960: “Varias personas me han pedido que escriba una novela. Que les den. No escribiría una novela ni aunque me lo suplicara Jruschov. Mandé todo a la mierda durante 10 o 15 años, no escribí nada”.

Fue su amigo y editor de Black Sparrow Press, John Martin, quien le ofreció una remuneración mensual a fines de los años 60 para que el autor dejara de trabajar en la oficina de correos y pudiera dedicarse a la escritura a tiempo completo.

Amante de los hipódromos, lugar donde salía a buscar inspiración cuando se secaba, lo que más detestaba Bukowski era la sociabilidad y el egocentrismo de grupos populares como los Beats, quienes creían, según él, que estar en el mainstream literario era más importante que la propia creación literaria (“dependen de Timothy Leary y de Bob Dylan, quienes acaparan las noticias de portada”).

Bukowski se mantuvo alejado de los focos y se entregó en cuerpo y alma a la escritura. Para él, básicamente, la creación era una válvula de escape para lo que de otra forma terminaría en suicidio o en el encierro en un manicomio. Creía, por otro lado, que los poemas tenían que salir de la misma forma que sale un vómito a la mañana luego de una borrachera.

Por eso detestaba a poetas que consideraba rebuscados y complejos, como T. S. Eliot, Robert Lowell y Robert Creeley: “Fracasamos cuando comenzamos a mentirnos en los poemas solo porque queremos crear un poema. Por eso nunca reviso nada, y dejo todo tal cual lo escribo; si he mentido en un principio, no sirve de nada revisar los poemas, y si no he mentido no tengo nada de lo que preocuparme. A veces leo poemas en revistas como Poetry de Chicago y noto que los han cepillado y pulido. Paso las páginas y nada, solo mariposas, mariposas casi sin vida”, disparaba.

Todo este epistolario reunido se caracteriza por su espontaneidad y sinceridad. De hecho, parecen poemas y huelen a vida. Contienen, además, pasajes muy felices de misivas que le envió a muchos escritores que admiraba, como Hilda Doolittle y John Fante, su Dios literario.

A pesar de ser un caballo de mal carácter, difícil de montar y que no aparentaba ser un ganador, muchos de sus editores (especialmente Jon Webb, Marvin Malone y John Martin) siempre creyeron que Bukowski era un diamante en bruto.

Estos escritos, que incluyen momentos que van desde su juventud hasta sus últimos días, demuestran claramente cómo Bukowski se valió por sus propios medios: sin formación académica, sin contactos en el campo literario. Y sin embargo logró lo que todos escritores anhelan: ser leído por todo tipo de público y vivir, aunque de forma tardía, de su escritura.

En una de las últimas cartas, escrita dos años antes de su muerte, Charles Bukowski precisó: “No hay mayor recompensa que escribir. Lo que viene después es secundario. No entiendo que los escritores dejen de crear. Es como arrancarse el corazón y tirarlo al inodoro junto con la mierda. Escribiré hasta mi último aliento, me da igual que guste o no. El final será como el comienzo. Ese es mi destino”.


La enfermedad de escribir, Charles Bukowski. Trad. Abel Debritto. Anagrama, 248 págs.

27/01/202 | Clarín.com Revista Ñ Literatura Reseñas

En coincidencia con los 100 años del nacimiento de Jack Kerouac, se publica Las mejores mentes de mi generación, que reivindica las virtudes de estos míticos compañeros de ruta.


Editado por Bill Morgan, Las mejores mentes de mi generación: Historia literaria de la Generación Beat, reúne las conferencias que Ginsberg dictó en Naropa Institute de Boulder (Jack Kerouac School of Disembodied Poetics) y en la Universidad de Brooklyn entre 1977 y 1994.

La etiqueta de “rebelión social” ha ocultado la radical propuesta de una visión suprema de la realidad, una ruptura con la naturaleza de la conciencia corriente que ponía de manifiesto la existencia de una más amplia: “Nuestra búsqueda elemental de una forma de mentalidad original, o mentalidad central, no era una rebelión de modo alguno, aunque, como es lógico, en la búsqueda de un corazón o una mentalidad más amplios había que reventar algunas convenciones sociales”.

El budismo, las drogas, el jazz, la influencia de la cultura negra, los viajes a México, fueron solo algunos de los elementos que ayudaron a ampliar estos horizontes. Gracias a estas interrelaciones, por ejemplo, se sentaron las bases de uno de los enfoques más interesantes de la poesía moderna.

Era la misma época, los años cuarenta, cuando William Carlos Williams introducía en el verso la idea de medida variable (pie variable) del habla estadounidense. Mientras saxofonistas como Lester Young y Charlie Parker, y trompetistas como Dizzy Gillespie y Miles Davis hacían algo equivalente con el jazz: el saxofón reflejaba el ritmo respiratorio del habla y era como si hablase con el acento conversacional o con el de la charla excitada. Se había introducido en la música y, esto es lo más importante, un elemento de la voz real reflejaba las irregularidades rítmicas del habla de los negros.

Lo anterior fue decisivo para el principal protagonista de estas conferencias, Jack Kerouac, y tal fue la teoría consciente que aplicó deliberadamente en Mexico City Blues. Sin duda a Ezra Pound, amante de la poesía provenzal (donde música y lírica se fusionaban en una), le hubiera gustado saber que los poemas de Kerouac eran simples canciones (imitaciones de ritmos y respiraciones de Charlie Parker) de tres minutos que entraban y salían de los oídos de todo el mundo, incluidos los suyos.

Las conferencias de Ginsberg muchas veces trabajan con este tipo de material, minucias del oficio, detalles técnicos, avances formales, aunque por momentos recurre a descripciones históricas y simples anécdotas. En estas páginas puede recorrerse la ciudad de Nueva York en los años cuarenta, y los lugares más emblemáticos donde se forjó la generación Beat: el Times Square como centro de gravedad, la Octava Avenida con sus bares de ancianos y adictos: “Europeos, maricones europeos, ocultos y al acecho. Burroughs exploró las drogas, exploró el Times Square y eso (es lo que) nos intrigaba a Jack y a mí, la exploración del mal, de lo siniestro”.

William Burroughs es otro de los protagonistas de este libro, a quien Ginsberg retrata como un simple hombre de acción: “No se consideraba en absoluto un escritor. Le interesaba más aprender a robar a los borrachos del metro y deambular por la Octava Avenida con yonquis. Era como Jean Genet, le atraía el mismo concepto de la moralidad y de las costumbres (…) No era un escritor entregado, se entregaba a otras cosas, se entregaba total y sacramentalmente a explorar su conciencia en cierto sentido, a llegar al final de su mente. Quería meterse en el pozo, el pozo del infierno o el paraíso, para ver lo que había en el fondo”.

Burroughs siempre fue un escéptico sobre el oficio. Escribir, para él, era una actividad romántica, hasta que le encontró una función práctica. Los análisis e interpretaciones en estas conferencias de obras como YonquiQueer El almuerzo desnudo demuestran la naturaleza política de su narrativa, de su obsesión por llegar al interior del lenguaje (palabra-virus que produce la identificación del deseo a través de la fijación lingüística), para llegar al interior de la conciencia y modificarla.

Otra de las figuras que trabaja Ginsberg en profundidad es la del poeta Gregory Corso, tan amigo y confidente suyo como Burroughs y Kerouac. A diferencia de ellos, la salida de la conciencia ordinaria en Corso se da a partir de lo que él mismo denominaba “automatismo”, una idea estética que implica tomar imágenes y símbolos y hacer que se contradigan continuamente, esto es, forjar asociaciones automáticas opuestas: “No dispares al jabalí: / Un niño se me acercó / agitando un océano con un palo”. Se trata de impugnar cada verso, cada verso se niega un poco a sí mismo. El método de Corso tiende a lo contrario, lo opuesto. La belleza como lo inesperado, la belleza como contrasentido, la belleza como sorpresa, la belleza como irrealidad, la belleza como cualquier cosa menos lo que se espera.

Ginsberg dedica, además, algunos apartados a Peter Orlovsky, Carl Solomon y John Clellon Holmes, así como a su propia correspondencia con William Carlos Williams y su expulsión de la Universidad de Columbia. Con inédita pasión y erudición, Allen Ginsberg trabaja sobre un material difícil de maniobrar y traicionar: la dinamita en el corazón de grandes escritores.

Todos ellos sabían, y posiblemente más que cualquier otra generación o movimiento, que estaban catalizando un gran cambio cultural. Aunque muy especialmente Ginsberg atiende cada una de las particularidades de sus integrantes. Cada uno con su propia vida secreta, sus propias humillaciones y victorias. Lo que importa en la literatura, de forma definitiva, es contar la verdadera historia del mundo.

Un pasaje dedicado a los últimos años de Kerouac, su trágico final y sus años de fama, da muestra suficiente del calibre del libro: “Kerouac era realmente un genio solitario e innovador que se adentraba por su cuenta en áreas de composición no reconocidas ni cartografiadas, con valentía suficiente para hacerlo solo. No tenía apoyos, no ya de la sociedad, sino ni siquiera de sus amigos, de su mujer, de su madre, de nadie. Yo estaba involucrado en la aventura de un modo personal, pero más que un apoyo era un lastre. Estoy totalmente avergonzado de aquel papel. Al cabo de unos meses le escribí cartas en que trataba de disculparme y de decirle lo mucho que me gustaba la obra. Me gustó inmediatamente, pero al mismo tiempo me pareció invendible y (como agente) pensaba desde el punto de vista de la publicación. Fue una lección traumática que aprendí sobre las condiciones del arte auténtico. A veces las cosas son desagradables. Cuando rompes la cáscara, brota mierda por la grieta y a veces es un verdadero lío, como en los partos de verdad”.


Las mejores mentes de mi generación. Historia literaria de la Generación Beat. Trad. Antonio-Prometeo Moya. Editorial Anagrama, 528 págs.

18/03/2022 | Clarín.com | Revista Ñ | Literatura

Asociado a menudo con el Renacimiento de San Francisco y la Generación Beat (participó de la emblemática lectura poética en la Six Gallery, y personificó a uno de los protagonistas de Los vagabundos del dharma de Kerouac), el mayor mérito de Gary Snyder fue erigir un puente entre la poesía moderna norteamericana y la cultura oriental.

Nacido en la ciudad de San Francisco en 1930, compartió con Allen Ginsberg y Jack Kerouac no sólo la amistad, sino también el objetivo de rescatar en su trabajo la vivacidad y la espontaneidad del habla coloquial. Sin embargo, y pese a estas semejanzas, uno de sus principales proyectos personales fue viajar al sudeste asiático.

Para ello, y tras finalizar sus estudios en la Universidad de Reed en Portland, se inscribió en el Departamento de Culturas y Lenguas Asiáticas de la Universidad de California en Berkeley, donde tomó clases de chino y Literatura Clásica China y donde comenzó a traducir al poeta tardío de la dinastía Tang, Han San.

En 1956, finalmente, obtuvo la beca del First Zen Institute of America y partió hacia Japón donde residiría durante casi doce años en las inmediaciones del Templo Daitoku-ji. A diferencia de muchos compañeros de su generación, que se quedaron en las grandes ciudades para enfrentar y denunciar al “Moloch” de la urbe (“tengo unos pocos amigos, pero están en las ciudades”), el salto de Snyder implicó una ruptura con la civilización occidental “judeo-capitalista-cristiana-marxista”.

Esta nueva selección de la poesía de Snyder, traducida ahora en nuestro país por Esteban Moore y Patricia Ogan Rivadavia, presenta un amplio recorrido por su trabajo, desde su primer título, Riprap and Cold Mountain Poems (1959), pasando por Turtle Island (1974) hasta Mountains and Rivers Without End (1996), entre otros.

La poesía de Snyder describe actos y hechos concretos. Al igual que la temática de la poesía de la dinastía Tang (período más alto y fructífero de la poesía china), su trabajo se nutre de la exaltación de la naturaleza, la descripción del paisaje, generalmente en función de determinados estados de ánimo del autor, de algún sentimiento o idea que quiere expresar: “En este mundo en llamas, turbio, mentiroso,/ bañado en sangre/ ese tranquilo encuentro en las montañas/ fresco y suave como los hocicos de/ tres alces, me ayuda a mantenerme cuerdo”.

La separación, la despedida y el distanciamiento de los seres cercanos (prácticas muy repetidas en la dinastía Tang, producto del estilo de vida libre y retirado de los grandes literatos), es otro de los rasgos que comparte con la escuela de Li Bai, Du Fu y Wang Wei: “No me molesta –vivir así / Cerros verdes –la extensa playa azul / Pero a veces –durmiendo a la intemperie/ Pienso en aquel tiempo –cuando te tenía”.

Todos estos poemas fluyen, además, a partir de los principales cimientos de la poesía moderna en lengua inglesa, y se adaptan al reclamo de Ezra Pound en tanto tratamiento directo y musical (no métrico), y de William Carlos Williams en tanto búsqueda de ritmo y habla propia de los Estados Unidos (Snyder hace un uso magistral de las pausas versales).

Desde 1969, vive en el paisaje agreste de la cuenca del río Yuba, al pie de la Sierra Nevada, en el estado de California. Además de sus aportes literarios, en las últimas décadas se ha convertido en un reconocido vocero de la defensa del medio ambiente y de las culturas conscientes de la preservación del hábitat natural.

La poesía, el budismo Zen, la práctica diaria del zazen, han sido para Snyder los puentes que han permitido el desarrollo de una nueva ética, una nueva estética y por tanto un nuevo estilo de vida: “El arroyo con sus sonidos es una larga lengua extendida./ La vaga imagen de la montaña en sombras un ancho cuerpo despierto./ Atravesando la noche canto tras canto./ ¿Cómo podré expresarme cuando amanezca?”.


03/02/2022 19:11 Clarín.com Revista Ñ Literatura Reseñas

Selección poética, Gary Snyder. Trad. Patricia Ogan Rivadavia y Esteban Moore. Alción Editora, 141 págs.

Juan Arabia (Buenos Aires, 1983) es poeta, traductor y crítico literario. Autor de numerosos libros de poesía, traducción y ensayos, entre sus títulos más recientes se encuentran: Desalojo de la naturaleza (Buenos Aires Poetry, 2018), L´Océan Avare (Al Manar, Voix Vives de Méditerranée en Méditerranée, 2018), Hacia Carcassonne (Pre-Textos, 2021) y Verso Carcassonne (Raffaelli Editore, 2022). Titulado de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, ejerce la crítica literaria además en el Suplemento de Cultura del Diario Perfil y en Revista Ñ de Diario Clarín, entre otros.

Luego de la publicación de El Enemigo de los Thirties (2015), premiado en Francia, Italia y Macedonia, Juan Arabia participó en varios festivales de poesía en Latinoamérica, Estados Unidos, Europa y China. En el 2018 fue invitado al festival de poesía en Francia (Sète) Voix Vives en representación de Argentina, así como en 2019 participó del encuentro Poetry Comes to Museum LXI auspiciado por el Shanghai Minsheng Art Museum, siendo el segundo poeta latinoamericano en ser invitado. Bulmenia (Buenos Aires Poetry, 2022) es su sexto libro de poesía.



Bulmenia III

Por un momento, y quizás por muchos años,
se agotaron los peces de Brescia
mientras el disparo del suicida coronaba las flores
más blancas y frescas del mercado.

Por eso bendice a los muertos esta noche
que desde su aburrimiento asfixian tu lámpara,
desde su silencio llenan tu copa
con el soplo estéril de sus vientres.

O ilumina tu rostro como el de un océano,
respira la profunda tristeza de los débiles,
camina por las calles menos transitadas
y llena tus bolsillos del oro defecado por el tiempo.

Ese alucinador que repta como un cangrejo
cambiando todos los espacios y direcciones.
Así llenaron tus pulmones de cisnes negros,
de tu corazón formaron una alcantarilla.

布雷西亚鱼


Poema escrito en Sourdough Mountain

El poeta Gary Snyder
estuvo seis semanas en el 53
en la cresta de esta roca
y vio todo lo que vigía ve,
vio las montañas moverse
y el profundo final del océano
vio el viento y el agua quebrarse
y al venado ramificar sus cuernos.


Pond Baedeker

The Pond, perhaps three of them
……….one a silvery tone one verdant
and his dance a pendant to the other
fanning the grey sky greying

the bottom of Pond, on
naming on, so enameled



BULMENIA
Publisher ‏ : ‎ Buenos Aires Poetry (April 11, 2022)
Language ‏ : ‎ Spanish
Paperback ‏ : ‎ 110 pages
ISBN-10 ‏ : ‎ 987847027X
ISBN-13 ‏ : ‎ 978-9878470276

Colección ABRACADABRA Paperback

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Presents

JUAN ARABIA & PATRICIO FERRARI

A

BILINGUAL POETRY READING

AT TORN PAGE – NEW YORK CITY


Juan Arabia (Buenos Aires, 1983) is a poet, translator, and literary critic. In addition to publishing five books of poetry, he has written extensively on John Fante and the Beat GenerationHe has translated Arthur RimbaudEzra Pound, and a book-length anthology of the Beat poets. His books of poetry have been published throughout Latin America, Europe, and ChinaEl Enemigo de los Thirties (2015), L´Océan Avare (2018), Desalojo de la naturaleza (2018), and Hacia Carcassonne (2020), among others. He is a graduate from the Faculty of Social Sciences at the University of Buenos Aires, and the founder and director of Buenos Aires Poetry

Patricio Ferrari is a polyglot poet, editor and literary translator. His work has appeared in The New Yorker (forthcoming), The Paris Review, The Southwest Review, Buenos Aires Poetry, Perfil, and other publications. His recent editions and translations include The Galloping Hour: French Poems by Alejandra Pizarnik (co-translated with Forrest Gander; New Directions, 2018) and The Complete Works of Alberto Caeiro by Fernando Pessoa (co-edited with Jerónimo Pizarro and co-translated with Margaret Jull-Costa; New Directions, 2020). He is currently completing “Elsehere,” a multilingual trilogy, alongside full-length translations from Portuguese (Álvaro de Campos, António Osório) and English (Frank Stanford and Martin Corless-Smith). Ferrari resides in New York City and teaches at Rutgers University.


SATURDAY, FEBRUARY 19, 2022

7:00 PM

TORN PAGE

435 West 22nd Street, New York, NY 10011

Masks required

Suggested donation: $15

Books will be available for sale

A portion of the book sales will go towards Tender Buttons Press, founded by Lee Ann Brown and Buenos Aires Poetry, founded by Juan Arabia for upcoming publishing projects.

For more information about this event, contact Lee Ann Brown at polylabrown@gmail.com or Patricio Ferrari at ferraripatricio@gmail.com

Juan Arabia (Buenos Aires, Argentina, 1983) è poeta, traduttore e critico letterario. Tra i suoi titoli più recenti: Il Nemico dei Thirties (Samuele Editore, Collana Scilla, 2017), Desalojo de la naturaleza (Buenos Aires Poetry, 2018), L’Océan Avare (Al Manar, Voix Vives de Méditerranée en Méditerranée, 2018), The Bund (Buenos Aires Poetry, 2020) e Hacia Carcassonne (Pre-Textos, 2021). Laureato presso la Facoltà di Scienze Sociali dell’Università di Buenos Aires, fondatore e direttore del progetto culturale e letterario Buenos Aires Poetry, è anche critico letterario nel Supplemento Cultura del Diario Perfil e nella Rivista Ñ di Diario Clarín.

Dopo la pubblicazione di El Enemigo de los Thirties (2015), Il cui è stato premiato in Francia, Italia e Macedonia, ha partecipato in a diversi festival di poesia in America Latina, Europa e Cina. Nel 2018 è stato invitato al festival di poesia in Francia (Sète) Voix Vives per conto dell’Argentina, oltre a partecipare all’incontro “Poetry Comes to Museum LXI” nel 2019, il cui è stato sponsorizzato dal Shanghai Minsheng Art Museum. Ha tradotto diverse opere di Ezra Pound, Arthur Rimbaud, Dylan Thomas, Dan Fante.

Il giullare Leu

The taste of my boot?
Here is the taste of my boot;
Caress it,
lick off the blacking.
BLAST I

A Périgord mentre un mercante
trafficava libri di scuola
un usignolo venne
sulle rime di Bécquer

ricordando che cantare
non serviva soltanto
per affinare le orecchie: piuttosto a provare
il sapore delle suole e dell’asfalto.

Nord Italia

Come l’albero che troppo carico
si rompe e perde il proprio frutto,
così ho sigillato le mie canzoni
e gettato il cuore nelle vigne del Nord.

Mentre i nuovi e vili menestrelli
avanzano con forza, spingono il loro
asino, cacano sul fiore rovesciato.
Ce ne sono già tre per ognuno di noi.

Così si riunisce la stessa specie:
“Un tale vassallo, un tale signore” … ecc …
Sappiamo che si precipiteranno a vicenda
nella bolgia delle taverne.

Almea

Le nuvole di questa notte offuscano i demoni nel cielo
mentre distruggono le ore azzurre dove mai Almea
ci convocò per respirare una città in colossale fioritura
senza queste braci malvagie che tutto rovinano
dove niente ride e le campane suonano
verso lo stesso luogo oscuro
la carestia segna le pietre un angolo di silenzio vincolato
rospi sterili ultime maschere fiori morti
buoni solo al carbone e al fondo dello stagno.

Mai Almea fece dal freddo tracce di coniglio
né investì in flussi seminò mais risparmiando i coyote
rovinò la specie facendo della natura un colore soltanto.

Juan Arabia, Verso Carcassonne, Versione in italiano di Mattia Tarantino, Raffaelli Editore, Riminit, Italia, 2021

© Copyright 2021 by Raffaelli Editore
Vicolo Gioia, 10 – Rimini
ISBN 978-88-6792-307-6
Printed in Italy – (Tutti i diritti sono riservati)

Extraído de revista Yugen, número 6, Nueva York, 1960. Traducción de Juan Arabia para Buenos Aires Poetry, 2018.

Rimbaud

Arthur!
On t’ appela pas Jean!
Nacido en 1854 maldiciendo en Charleville
preparando así el camino para
el abominable impulso asesino
de las Ardenas—
¡No es extraño que tu padre se haya ido!
Entonces ingresaste a la escuela a los 8
—¡Pequeño competente Latinista!
En Octubre de 1869
Está escribiendo poesía
en Francés Griego—
Toma un tren y escapa

a París sin boleto,
el milagroso Guardafrenos Mexicano
lo arroja fuera del rápido
tren, al Cielo, que
ya no viaja porque
el Cielo está en todas partes—
Sin embargo las viejas maricas
intervienen—
Rimbaud desconcierta a Rimbaud
entrena en la verde Guardia
Nacional, marchando orgulloso
en el polvo con sus héroes—
esperando mantenerse a salvo,
soñando con la última Chica.
—Las ciudades son bombardeadas cuando
él mira & mira & mastica
sus labios degenerados & mira
con ojos grises a
Francia Amurallada—

André Gill fue precursor
de André Gide—
Largos paseos leyendo poemas
en el Genet Haystacks—
El Voyant ha nacido,
el vidente trastornado hace su
primer Manifesto,
da colores a las vocales
& a las consonantes preocupante cuidado,
cae bajo la influencia
de viejas Hadas Francesas
que lo acusan de estreñimiento
de cerebro & diarrea
de la boca—
Verlaine lo convoca a París
con menos aplomo del que él
tuvo para desterrar chicas a
Absinia—

“¡Merde!” grita Rimbaud
en los salones de Verlaine—
Chismes en París—la mujer de Verlaine
está celosa de un chico
sin cinturón en los pantalones
—El amor envía dinero desde Bruselas
—La madre de Rimbaud odia
la oportunidad de Madame
Verlaine—Degenerado Arthur

se sospecha que es un poeta
ahora—
Gritando en el granero
Rimbaud escribe Una Temporada en el Infierno,
su madre tiembla—
Verlaine envía dinero y balas
a Rimbaud—
Rimbaud va a la policía
& prueba su inocencia
como la pálida inocenca
de su deidad femenina Jesús
—¡Pobre Verlaine! 2 años
en la cárcel, aunque pudo haber
tenido un cuchillo en el corazón

¡Iluminaciones! ¡Stuttgart!
¡Estudio de Idiomas!
A pie Rimbaud camina
& atravesando los Alpes
pasa por Italia, en busca
de tréboles, conejos,
Reinos de Genios & delante
de su nada excepto la vieja
muerte del sol de Canaletto
en viejos edificios venecianos
—Rimbaud estudia idiomas
—escucha hablar de Allegheny,
de Brooklyn, de las últimas
Plagas Americanas—
Su hermana ángel muere—
¡Viena! ¡Él mira pasteles
& pierros viejos! ¡Eso espero!
Este gato loco se une
al ejército holandés
& navega a Java
al mando de la flota
a medianoche
en la proa, solo,
nadie escucha sus órdenes
pero todos los peces brillan
en el mar—Agosto no es
época para quedarse en Java—
Dirigiéndose a Egipto, de nuevo está
demorado en Italia así que
vuelve a casa al mullido sillón
pero inmediatamente se marcha
de nuevo, a Chipre, para
dirigir una banda de trabajadores
mineros,—¿a quién se
parece ahora, este Tardío
Rimbaud?—Polvo de roca
& negras espaldas & toses
secas, el sueño se eleva
en la mente del Francés
Africano—Los inválidos
de los trópicos siempre
son amados—El Mar Rojo
en Junio, la costa cruje
en Arabia—Havar,
Havar, el mágico puesto
comercial—Aden, Aden,
al Sur de los Beduinos—
Ogaden, Ogaden,
nunca conocido—(Mientras tanto
Verlaine se sienta en París
sobre coñacs preguntándose
cómo se vería Arthur
ahora, y cuán sombrías estarían
sus cejas puesto que creyeron
en la belleza de la ceja anterior)—
¿A quién le importa? ¿Qué clase
de franceses son estos?
¡Rimbaud, golpéame en la
cabeza con esa roca!

Rimbaud el Serio compone
elegantes & eruditos artículos
para las Sociedades Geográficas
Nacionales, & tras las guerras
envía a la chica harari
(¡Ja, ja!) de regreso
a Abisinia, & ella
era joven, tenía ojos
negros, gruesos labios, cabello
enrulado, y pechos como
moreno pulido con
pezones de cobre &
brazaletes & unía
sus manos detrás
de la espalda & tenía
hombros amplios como
los de Arthur & orejas pequeñas
— Una chica de cierta
casta, en Bronzeville—

Rimbaud también conoció
a polinesias de caderas estrechas
con largo cabello lacio
& pequeñas tetas & grandes pies—

Finalmente empieza
a comerciar armas ilegales
en Tajura
conduciendo caravanas, loco,
con un cinturón de oro
en su cintura—
¡Engañado por el Rey Menelek!
¡El Sha de Shoa!
¡Los ruidos de esos nombres
en aquella ruidosa mente
francesa!

El Cairo en el verano,
viento de amargo limón
& besos en el polvoriento parque
donde las chicas se sientan plegadas
al crepúsculo pensando
en nada—

¡Havar! ¡Havar!
En camilla a Zeyla
es llevado lamentando
su cumpleaños—el barco
regresa al castillo de caliza
de Marsella más triste que
el tiempo, que el sueño,
más triste que el agua
—Carcinoma, Rimbaud
comido por la enfermedad
de la sobrevida —Cortan
su hermosa pierna—
muere en los brazos
de Santa Isabelle
su hermana
& antes de subir al Cielo
envía sus francos a Djami,
Djami el niño havari
su criado personal
8 años en el Infierno
africano del francés
& y todo eso se suma
a nada, como

Dostoievsky, Beethoven
o Da Vinci—

Entonces, poetas, descansen un rato
y cállense:
nunca nada salió de la
de nada.

Rimbaud

Arthur!
On t’ appela pas Jean!
Born in 1854 cursing in Charle-
ville thus paving the way for
the abominable murderousnesses
of Ardennes—
No wonder your father left!
So you entered school at 8
—Proficient little Latinist you!
In October of 1869
Rimbaud is writing poetry
in Greek French—
Takes a runaway train

to Paris without a ticket,
the miraculous Mexican Brakeman
throws him off the fast
train, to Heaven, which
he no longer travels because
Heaven is everywhere —
Nevertheless the old fags
intervene—
Rimbaud nonplussed Rimbaud
trains in the green National
Guard, proud marching
in the dust with his heroes—
hoping to be buggered,
dreaming of the ultimate Girl.
—Cities are bombarded as
he stares & stares & chews
his degenerate lip & stares
with gray eyes at
Walled France—

Andre Gill was forerunner
to Andre Gide—
Long walks reading poems
in the Genet Haystacks—
The Voyant is born,
the deranged seer makes his
first Manifesto,
gives vowels colors
& consonants carking care,
comes under the influence
of old French Fairies
who accuse him of constipation
of the brain & diarrhea
of the mouth—
Verlaine summons him to Paris
with less aplomb than he
did banish girls to
Abyssinia—

“Merde!” screams Rimbaud
at Verlaine salons—
Gossip in Paris—Verlaine Wife
is jealous of a boy
with no seats to his trousers
—Love sends money from Brussels
—Mother Rimbaud hates
the importunity of Madame
Verlaine—Degenerate Arthur

is suspected of being a poet
by now—
Screaming in the barn
Rimbaud writes Season in Hell,
his mother trembles—
Verlaine sends money & bullets
into Rimbaud—
Rimbaud goes to the police
& presents his innocence
like the pale innocence
of his divine feminine Jesus
—Poor Verlaine, 2 years
in the can, but could have
got a knife in the heart

—Illuminations! Stuttgart!
Study of Languages!
On foot Rimbaud walks
& looks thru the Alpine
passes into Italy, looking
for clover bells, rabbits,
Genie Kingdoms & ahead
of his nothing but the old
Canaletto death of sun
on old Venetian buildings
—Rimbaud studies language
—hears of the Alleghanies,
of Brooklyn, of last
American Plages—
His angel sister dies—
Vienne! He looks at pastries
& pets old dogs! I hope!
This mad cat joins
the Dutch Army
& sails for Java
commanding the fleet
at midnight
on the bow, alone,
no one hears his Command
but every fishy shining
in the sea—August is no
time to stay in Java—
Aiming at Egypt, he’s again
hungup in Italy so he goes
back home to deep armchair
but immediately he goes
again, to Cyprus, to
run a gang of quarry
workers,—what did he
look like now, this Later
Rimbaud?—Rock dust
& black backs & hacks
of coughers, the dream rises
in the Frenchman’s Africa
mind,—Invalids from
the tropics are always
loved—The Red Sea
in June, the coast clanks
in Arabia—Havar,
Havar, the magic trading
post—Aden, Aden,
South of Bedouin—
Ogaden, Ogaden, never
known—(Meanwhile
Verlaine sits in Paris
over cognacs wondering
what Arthur looks like
now, & how bleak their
eyebrows because they believed
in earlier eyebrow beauty)—
Who cares? What kinda
Frenchmen are these?
Rimbaud, hit me over the
head with that rock!

Serious Rimbaud composes
elegant & learned articles
for National Geographic
Societies, & after wars
commands Harari Girl
(Ha Ha!) back
to Abyssinia, & she
was young, had black
eyes, thick lips, hair
curled, & breasts like
polished brown with
copper teats & ringlets
on her arms & joined
her hands upon her
central loin & had
shoulders as broad as
Arthur’s & little ears
—A girl of some
caste, in Bronzeville—

Rimbaud also knew
thinbonehipped Polynesians
with long tumbling hair
& tiny tits & big feet—

Finally he starts
trading illegal guns
in Tajoura
riding in caravans, mad,
with a belt of gold
around his waist—
Screwed by King Menelek!
The Shah of Shoa!
The noises of these names
in that noisy French
mind!

Cairo for the summer,
bitter lemon wind
& kisses in the dusty park
where girls sit folded
at dusk thinking
nothing—

Havar! Havar!
By litter to Zeyla
he’s carried moaning
his birthday—the boat
returns to chalk castle
Marseilles sadder than
time, than dream,
sadder than water
—Carcinoma, Rimbaud
is eaten by the disease
of overlife—They cut
off his beautiful leg—
He dies in the arms
of Ste Isabelle
his sister
& before rising to Heaven
sends his francs
to Djami, Djami
the Havari boy
his body servant
8 years in the African
Frenchman’s Hell,
& it all adds up
to nothing, like

Dostoevsky, Beethoven
or Da Vinci—

So, poets, rest awhile
& shut up:
Nothing ever came
of nothing.

Extraído de revista Yugen, número 6, Nueva York, 1960. Traducción de Juan Arabia para Buenos Aires Poetry, 2018.