Poeta maldito, bebedor infatigable, notable ejemplar de la bohemia latinoamericana, Efraín Huerta (1914-1982) fue junto a Octavio Paz —con el que compartió amistad toda su vida desde la escuela preparatoria— uno de los pilares de la poesía mexicana del siglo XX. Miembro del Partido Comunista hasta su expulsión en 1944, profesó el periodismo durante toda su vida, abarcando (como en su poesía) todos los géneros, siendo reportero, reseñista, editorialista, crítico de cine, entrevistador y cronista de espectáculo. Desde sus primeros poemarios, como Absoluto amor (1935) o Poemas de guerra y esperanza (1943), uno puede sentir la especificidad de una palabra acalorada por las noches de la ciudad de México, así como a su vez purificada por las albas y lloviznas del país: “Yo soy, testigo muerto, testigo de la sangre / derramada en España, / reverdecida en México / y viva en mi dolor”. Emparentado con el surrealismo de Federico García Lorca, Rafael Alberti y Pablo Neruda, el registro de la obra de Huerta es muy amplio: incluye la delicadeza lírica del amor declarado, pasando por el sarcasmo y el erotismo, así como la cólera política y los problemas intrínsecos de México y la tradición idiomática.

A diferencia del formalismo aún imperante, canonizado en los delicados cristales limados por Octavio Paz, en la obra de Efraín podemos encontrar veloces y disparejos endecasílabos, combinados con versos libres y pausas versales de soltura impecables. Y si bien su retórica puede volverse por momentos enorme y visceral, como la densidad de un océano, a su vez contiene a los peces más brillantes del mercado: “lirios en bruto de indefinibles novias”, “Laten palomas grises en la orilla de todo amor”, “el aire huele a pensamientos muertos, / los poetas tienen el seco olor de las estatuas”. Se podría decir que desde la publicación de su libro capital, Los hombres del alba, de 1944 (posiblemente su propio Trilce o Residencia en la Tierra), la poesía de Huerta no dejará de crecer dentro de un mismo tono sombrío y conmovedor, y que a la vez funciona en los niveles desmitificadores de la transformación capitalista del Estado y de la sociedad mexicana. Enemigo de la policía montada, de la pequeña burguesía y de sus poetas publicistas, dedicó poemas a Hemingway, al “Che” Guevara, a Roque Dalton y a Javier Heraud, entre muchos otros, así como a paisajes de Puebla y Oaxaca, avenidas, calles y viejos bares de la ciudad de México. Recomendó, mucho antes que Charles Bukowski, que los poetas debían beber hasta el infinito, “hasta la negra noche y las agrias albas”. Una extensa parte de su obra, sin embargo, se inscribe por fuera de la oscuridad y la melancolía. Se trata de los “poemínimos”, cuyo resultado resulta homólogo a la antipoesía y los artefactos de Nicanor Parra (“Nadie / Dirá Jamás / Que no / Cumplí / Siempre / Con mi / Beber”; “A mis / Viejos / Maestros / De marxismo / No los puedo / Entender: / Unos están / En la cárcel / Otros están / En el / Poder”). Aunque esto no debería sorprendernos: Efraín tuvo el menor interés por hacer una carrera literaria convencional, y como recuerda su hijo David Huerta en el prólogo a esta nueva publicación, “se divertía haciéndose fama de maleducado y antilibresco, cuando la verdad simple y llana es que era un lector omnívoro, con un impecable juicio crítico”.

Esta edición de su Poesía completa, compilada por Martí Soler, incluye todo su trabajo en el género dentro de un “posible” orden cronológico, incluidos los poemas no coleccionados. Hacia el final del lúcido prólogo de David Huerta, sin embargo, leemos algo que llama la atención: “es una dignísima edición de un autor sobre el que hemos oído hablar mucho pero sobre el cual no se han escrito textos críticos de calidad”. Sería muy difícil leer o apreciar, sin embargo, los “Manifiestos y posiciones” de Roberto Bolaño, así como muchos de los trabajos de los infrarrealistas, sin rememorar la estela este poeta maldito, como si la mejor forma de crítica no estuviera en el acto mismo de la creación. Esta omisión quizás provenga del sabotaje que le hicieron al hijo de Efraín (como tantos otros ataques que los infrarrealistas le hicieron a Octavio Paz, máximo representante de la cultura oficial) hacia 1976 en una lectura, por considerarlo un poeta de privilegio por llevar el mismo apellido que su padre.


Texto publicado en Revista Ñ | 15/12/2021

Se publica La enfermedad de escribir, las encendidas cartas que el narrador estadounidense les envió a colegas, editores y amigos, entre ellos Henry Miller, Lawrence Ferlinghetti y su héroe literario John Fante.


Charles Bukowski no fue, a pesar de lo que consideran algunos, un escritor o un poeta improvisado. Lector hambriento y radical, como Arthur Rimbaud, compartía con éste, además, un programa poético que incluía fuertes dosis de alcohol y desarreglo, y cuyo propósito no era otro que golpear y desfigurar como un perro las instituciones y tradiciones literarias.

Esta edición y selección de su correspondencia, llena de fuerza, verdad y comprensión, enciende al igual que sus mejores obras la llama interna del bulldog con corazón de infierno.

Para Bukowski, antes que todo, existe un problema muy esencial: siempre ha habido un abismo demasiado grande entre la literatura y la vida, y quienes han creado literatura no han escrito sobre la vida y los que han vivido la vida han sido excluidos de la literatura.

Algunos avances habrían existido, claro, pero desde los tiempos de Shakespeare “la poesía era falsa y aburría a un muerto”. Enterado y nutrido de lo que sucedió y sucedía en el campo (desde el New Criticism y emergencias como la escuela Black Mountain o la Beat Generation), Bukowski sólo reconocía de su lado a aquellos que habrían pateado para el mismo lado de su llama: Louis-Ferdinand Céline, John Fante, el primer Hemingway, Knut Hamsun, y poetas como Ezra Pound, W. H. Auden y Stephen Spender.

Sin embargo, incluso de muchos ellos reclamaba distancia: “Corrington dice que Corso y Ferlinghetti tienen talento. No leo tanto como debería, pero creo que el poeta moderno tendría que reflejar las corrientes de la vida moderna, no hay que seguir escribiendo como Frost, Pound, Cummings o Auden, es como si se hubieran desviado de la meta dando traspiés, se han quedado antiguos. Siempre he pensado que Frost daba traspiés y que se salió con la suya a base de sandeces”.

En muchas de estas cartas, dirigidas a editores como John Martin, Jon Webb, Lawrence Ferlinghetti y Whit Burnett, así como a escritores como Harold Norse, Henry Miller y Jack Micheline, Bukowski rememora algunos hechos repetitivos de su biografía literaria: tras haber publicado varios relatos en la emblemática Story (revista que por primera vez publicó a autores como J. D. Salinger) y Portfolio, dejó de escribir por mucho tiempo.

Un día el futuro autor de Música de cañerías llegó al hospital general de Los Ángeles desangrándose vivo tras una borrachera que duró diez años: “Una vez acabé en el ala para pobres del hospital. Me salía sangre a chorros por la boca y el culo (…) me dejaron tirado dos días en una cama antes de hacerme caso, luego se les ocurrió la absurda idea de que tenía contactos en los bajos fondos y me metieron sin parar casi tres litros y medio de sangre y cuatro de glucosa. Me dijeron que si volvía a beber la palmaría. Al cabo de 13 días conducía un camión, levantaba paquetes de más de 20 kilos y bebía vino barato lleno de azufre. No se enteraban de nada: quería palmarla. Pero, como bien saben algunos suicidas, la estructura humana puede ser dura como el acero”.

Al salir del hospital, y con sólo 35 años, consiguió una máquina de escribir y empezó a teclear de nuevo, aunque esta vez poesía. Y ese fue el género en que incursionó hasta el último de sus días, pese a que hablamos de un autor que se consagró por medio de su columna Notes of A Dirty Man para el periódico independiente Open City de Los Ángeles y sus novelas (Mujeres, Cartero y Factótum), escritas entre los años 70 y los 80.

Esto es algo que se comprueba en una de sus cartas a Jon Webb, fechada en agosto de 1960: “Varias personas me han pedido que escriba una novela. Que les den. No escribiría una novela ni aunque me lo suplicara Jruschov. Mandé todo a la mierda durante 10 o 15 años, no escribí nada”.

Fue su amigo y editor de Black Sparrow Press, John Martin, quien le ofreció una remuneración mensual a fines de los años 60 para que el autor dejara de trabajar en la oficina de correos y pudiera dedicarse a la escritura a tiempo completo.

Amante de los hipódromos, lugar donde salía a buscar inspiración cuando se secaba, lo que más detestaba Bukowski era la sociabilidad y el egocentrismo de grupos populares como los Beats, quienes creían, según él, que estar en el mainstream literario era más importante que la propia creación literaria (“dependen de Timothy Leary y de Bob Dylan, quienes acaparan las noticias de portada”).

Bukowski se mantuvo alejado de los focos y se entregó en cuerpo y alma a la escritura. Para él, básicamente, la creación era una válvula de escape para lo que de otra forma terminaría en suicidio o en el encierro en un manicomio. Creía, por otro lado, que los poemas tenían que salir de la misma forma que sale un vómito a la mañana luego de una borrachera.

Por eso detestaba a poetas que consideraba rebuscados y complejos, como T. S. Eliot, Robert Lowell y Robert Creeley: “Fracasamos cuando comenzamos a mentirnos en los poemas solo porque queremos crear un poema. Por eso nunca reviso nada, y dejo todo tal cual lo escribo; si he mentido en un principio, no sirve de nada revisar los poemas, y si no he mentido no tengo nada de lo que preocuparme. A veces leo poemas en revistas como Poetry de Chicago y noto que los han cepillado y pulido. Paso las páginas y nada, solo mariposas, mariposas casi sin vida”, disparaba.

Todo este epistolario reunido se caracteriza por su espontaneidad y sinceridad. De hecho, parecen poemas y huelen a vida. Contienen, además, pasajes muy felices de misivas que le envió a muchos escritores que admiraba, como Hilda Doolittle y John Fante, su Dios literario.

A pesar de ser un caballo de mal carácter, difícil de montar y que no aparentaba ser un ganador, muchos de sus editores (especialmente Jon Webb, Marvin Malone y John Martin) siempre creyeron que Bukowski era un diamante en bruto.

Estos escritos, que incluyen momentos que van desde su juventud hasta sus últimos días, demuestran claramente cómo Bukowski se valió por sus propios medios: sin formación académica, sin contactos en el campo literario. Y sin embargo logró lo que todos escritores anhelan: ser leído por todo tipo de público y vivir, aunque de forma tardía, de su escritura.

En una de las últimas cartas, escrita dos años antes de su muerte, Charles Bukowski precisó: “No hay mayor recompensa que escribir. Lo que viene después es secundario. No entiendo que los escritores dejen de crear. Es como arrancarse el corazón y tirarlo al inodoro junto con la mierda. Escribiré hasta mi último aliento, me da igual que guste o no. El final será como el comienzo. Ese es mi destino”.


La enfermedad de escribir, Charles Bukowski. Trad. Abel Debritto. Anagrama, 248 págs.

27/01/202 | Clarín.com Revista Ñ Literatura Reseñas