T. S. ELIOT, POEMS WRITTEN IN EARLY YOUTH, FARRAR STRAUSS AND GIROUX, NEW YORK, 1967. Valerie Eliot, All rights reserved.
T. S. ELIOT, POEMAS ESCRITOS EN LA PRIMERA JUVENTUD. TRADUCCIÓN Y NOTAS DE JUAN ARABIA, COLECCIÓN ABRACADABRA, BUENOS AIRES POETRY, BUENOS AIRES, 2021.

En la graduación, 1905

I

Parados sobre la orilla de todo lo que conocemos
nos demoramos un momento en la duda,
luego, con una canción en nuestros labios, zarpamos
hacia el otro lado de la barra del puerto—no existe mapa que indique,
no existe luz para prevenir las rocas que se encuentran debajo,
pero sigamos adelante con valentía.

II

Como colonos que se embarcan en la playa
para buscar fortuna en alguna costa extranjera
bien saben que pierden lo que el tiempo no restaurará,
y cuando se van, entienden rápidamente
que aunque vuelvan a ver a su patria
ya no serán ciudadanos otra vez.

III

Avanzamos; como nubes con alas de relámpago que vuelan
después de una tempestad de verano, cuando algunos se apresuran
hacia el Norte, Sur y Este sobre el desperdicio del agua,
algunos hasta los límites occidentales del cielo
que el sol tiñe con muchos tintes espléndidos,
hasta que su defunción ya no pueda rastrearse.

IV

Aunque el camino sea tortuoso y lento,
aunque esté erizado de mil miedos,
para los ojos esperanzados de la juventud, todavía parece
un camino por el que crecen la rosa y el espino.
Esperamos que sea posible; ¡ojalá lo supiéramos!
¿Podríamos mirar hacia los años futuros?

V

Grandes deberes llaman—el siglo veinte,
el siglo más grandiosamente dotado,
convocatorias—quién sabe qué tiempo puede deparar,
o qué gran hazaña pueden ver los años lejanos,
qué conquista sobre el dolor y la miseria,
¡qué héroes más grandes que los de antaño!

VI

Pero si este siglo ha de ser más grande
que los anteriores, deben sus hijos forjarlo,
y nosotros somos sus hijos, debemos avanzar
con corazones ansiosos para ayudar a moldear bien su destino,
y ver que obtenga tan orgullosa propiedad,
y la conceda en los siglos futuros

VII

Un legado de beneficios—que en los años
venideros nos encontremos con aquellos que intentan
trabajar por el bien hasta su muerte,
y no pidamos otra recompensa que saber
que han ayudado a la causa de la victoria,
que con su ayuda se iza la bandera en lo alto.

VIII

En algún momento lejano, cuando estemos
viejos y canosos, sea cual sea nuestra suerte,
desearemos volver a ver el lugar
que, sea lo que sea que hayamos hecho,
sea cual fuere la tierra a la que hayamos ido,
a lo largo de los años nunca ha sido olvidado.

IX

Porque en los santuarios del alma
te subirán incienso de humo de altar
de fanes inmaculados de lúcida pureza,
¡oh escuela nuestra! Los años que transcurren
entre sí, a medida que avanzamos hacia la meta,
no tendrán poder para apagar la memoria.

X

Volveremos; y será para encontrar una escuela
diferente a la que conocemos ahora;
así será, pero sólo en apariencia.
Lo que la ha hecho grande, no dejado atrás,
la misma escuela en el futuro encontraremos
y de la que ahora partimos como alumnos.

XI

Avanzamos; como rostros revoloteando en un sueño;
fuera de tu cuidado y tutela pasamos
al mundo desconocido—clase tras clase,
Oh reina de las escuelas—un destello momentáneo,
una burbuja en la superficie de la corriente,
una gota de rocío sobre la hierba de la mañana;

XII

No mueres por cada año que transcurre,
tu honor y fama no harán más que aumentar
por siempre, y que palabras más fuertes
proclamen tu gloria para que todos la oigan;
que sean tuyos los hijos más dignos, lejanos y cercanos,
¡para difundir tu nombre sobre tierras y mares distantes!

XIII

Como has sido para tus hijos que se marchan,
no seas menos para los que siguen;
una guía para prevenirlos, un amigo para bendecir
antes que dejen tu cuidado en manos de tierras desconocidas;
y sea tu lema, orgulloso y sereno,
aun a medida de que pasen los años, la palabra “¡Progreso!”

XIV

Así que hemos terminado; no podemos demorarnos más;
éste es el final de cada historia: “Adiós”,
una palabra que resuena como una campana fúnebre
y que siempre somos reacios a pronunciar.
Pero es un llamado que no podemos desobedecer,
Exeunt omnes, con un último “adiós”.

At Graduation 1905

I

Standing upon the shore of all we know
We linger for a moment doubtfully,
Then with a song upon our lips, sail we
Across the harbor bar—no chart to show,
No light to warn of rocks which lie below,
But let us yet put forth courageously.

II

As colonists embarking from the strand
To seek their fortunes on some foreign shore
Well know they lose what time shall not restore,
And when they leave they fully understand
That though again they see their fatherland
They there shall be as citizens no more.

III

We go; as lightning-winged clouds that fly
After a summer tempest, when some haste
North, South, and Eastward o’er the water’s waste,
Some to the western limits of the sky
Which the sun stains with a many splendid dye,
Until their passing may no more be traced.

IV

Although the path be tortuous and slow,
Although it bristle with a thousand fears,
To hopeful eye of youth it still appears
A lane by which the rose and hawthorn grow.
We hope it may be; would that we might know!
Would we might look into future years.

V

Great duties call—the twentieth century
More grandly dowered that those which came before,
Summons—who knows what time may hold in store,
Or what great deed the distant years may see,
What conquest over pain and misery,
What heroes greater than were e’er of yore!

VI

But if this century is to be more great
Than those before, her sons must make her so,
And we are her sons, we must go
With eager hearts to help mold well her fate,
And see that she shall gain such proud estate
And shall on future centuries bestow

VII

A legacy of benefits—may we
In future years be found with those who try
To labor for the good until they die,
And ask no other guerdon than to know
That they have helpt the cause to victory,
That with their aid the flag is raised on high.

VIII

Sometime in distant years when we are grown
Gray-haired and old, whatever be our lot,
We shall desire to see again the spot
Which, whatsoever we have been or done
Or to what distant lands we may have gone,
Through all the years will ne’er have been forgot.

IX

For in the sanctuaries of the soul
Incense of altar-smoke shall rise to thee
From spotless fanes of lucid purity,
O school of ours! The passing years that roll
Between, as we press to the goal,
Shall not have power to quench the memory.

X

We shall return; and it will be to find
A different school from that which now we know;
But only in appearence ’twill be so.
That which has made it great, not left behind,
The same school in the future shall we find
As this from which as pupils now we go.

XI

We go; like flitting faces in a dream;
Out of thy care and tutelage we pass
Into the unknown world—class after class,
O queen of schools—a momentary gleam,
A bubble on the surface of the stream,
A drop of dew upon the morning grass;

XII

Thou dost not die—for eacho succeeding year
Thy honor and thy fame shall but increase
Forever, and may stronger words than these
Proclaim thy glory so that all may hear;
May worthier sons be thine, from far and near
To spread thy name o’er distant lands and seas!

XIII

As thou to thy departing sons hast been
To those that follow may’st thou be no less;
A guide to warn them, and a friend to bless
Before they leave thy care for lands unseen;
And let thy motto be, proud and serene,
Still as the years pass by, the word “Progress!”

XIV

So we are done; we may no more delay;
This is the end of every tale: “Farewell,”
A word that echoes like a funeral bell
And one that we are ever loth to say.
But ’tis a call we cannot disobey,
Exeunt omnes, with a las “farewell.”

T. S. ELIOT, POEMS WRITTEN IN EARLY YOUTH, FARRAR STRAUSS AND GIROUX, NEW YORK, 1967. Valerie Eliot, All rights reserved.
T. S. ELIOT, POEMAS ESCRITOS EN LA PRIMERA JUVENTUD. TRADUCCIÓN Y NOTAS DE JUAN ARABIA, COLECCIÓN ABRACADABRA, BUENOS AIRES POETRY, BUENOS AIRES, 2021.

Extraído de POEMS Written in Early Youth, by T.S. Eliot, Farrar, Straus & Giroux, New York, 1969, p. 26 (original version in The Harvard Advocate, lxxxviii, January 26th, 1919. Signed: “T. S. Eliot.”) | Traducción de Juan Arabia, Buenos Aires Poetry, 2020. 

Spleen

Domingo: esta insatisfecha procesión
de decididos rostros dominicales;
bonetes, sombreros de seda, y gracias conscientes
que de tan repetidas desplazan
tu autocontrol mental
por esta digresión injustificada.

¡La tarde, la luz y el té!
niños y gatos en el callejón;
el abatimiento incapaz de amotinarse
contra esta tediosa conspiración.

Y la vida, algo calva y gris,
lánguida, fastidiosa, insípida,
aguarda con sombrero y guantes,
impecable de traje y corbata
(como impaciente por la demora)
en el umbral del Absoluto.

Spleen

Sunday: this satisfied procession
Of definite Sunday faces;
Bonnets, silk hats, and conscious graces
In repetition that displaces
Your mental self-possession
By this unwarranted digression.

Evening, lights, and tea!
Children and cats in the alley;
Dejection unable to rally
Against this dull conspiracy.

And Life, a little bald and gray,
Languid, fastidious, and bland,
Waits, hat and gloves in hand,
Punctilious of tie and suit
(Somewhat impatient of delay)
On the doorstep of the Absolute.

Texto publicado en Smith Academy Record, Vl. 8. No. 2, febrero de 1905. Firmado: “T. E.”. “A Fable for Feasters”, fue escrito como un ejercicio escolar. Se trata de la primera publicación de T. S. Eliot en forma impresa.

The doors, though barred and bolted most securely,
Gave way—my statement nobody can doubt,
Who knows the well known fact, as you do surely—
That ghosts are fellows whom you can’t keep out

Una fábula para banquetes

En Inglaterra, mucho antes que la realeza mormona,
el rey Enrique VIII descubrió que los monjes eran charlatanes,
y tomó las tierras y el dinero de los pobres,
e hizo que se derrumben sus abadías a sus espaldas,
había un pueblo fundado por algún normando
que cobraba un impuesto a todos los viajeros;
cerca de esta aldea había un monasterio
habitado por una banda de frailes alegres.

Eran poseedores de tierras ricas y amplias,
una huerta, un viñedo y una lechería;
siempre que moría algún viejo barón malvado,
él la añadía a sus tesoros—una hazaña nunca
antes vista—su fortuna se multiplicaba,
como si hubiera sido guardada por una especie de hada.
¡Ay! Ningún hada visitó a su anfitrión,
oh, no; mucho peor que eso, tenían un fantasma.

Un viejo pecador herético y malvado,
quizás, que había sido amurallado por sus crímenes;
de todos modos, a veces se acercaba a cenar,
cuando los monjes se divertían.
Robó las vacas más gordas y dejó las más delgadas
para suministrar toda la leche—alteró las campanadas,
y una vez se sentó en el prior del campanario,
para el asombro de todo el pueblo.

Cuando se acercó la Navidad, el abad juró
que ellos comerían su plato libres de espectros,
el demonio debe quedarse en casa—no se permiten fantasmas
en esta fiesta exclusiva. Desde el mar
compró por su cuenta una multitud
de reliquias de un santo español—y dijo:
“Si los fantasmas vienen sin ser invitados, entonces
me veré obligado a mantenerlos alejados por la fuerza”.

Él empapó con agua bendita la túnica que llevaba,
los pavos, capones y jabalíes que iban a comer,
incluso mojó al portero que sin quejarse
permanecía parado fuera de la puerta.
Para acortar una interminable historia,
no dejó inconclusa ninguna precaución sabia;
roció la habitación en la que iban a cenar,
y regó todo menos el vino.

Así, cuando se hicieron los preparativos,
los joviales epicúreos se sentaron a la mesa.
Temo que no sé mucho de los menús
de esa época—pero puedo repasar
la historia: hicieron una incursión
por cada pájaro y bestia en la fábula de Esopo
para completar su comida, pasteles y budines,
jaleas y tortas, entre otras cosas buenas.

Un imponente pavo real de pie sobre ambas patas
sostenido con dificultad para no caerse,
luego vino una vianda hecha con huevos de tortuga,
y después de eso un gran pastel de chorlito,
y jarras que contenían varios barriles
de cerveza, y queso que guardaban encubierto.
Por último, una cabeza de jabalí, que para llevarla les costó cuatro páginas,
su boca sostenía una manzana, su cráneo contenía salchichas.

Durante el brindis de Navidad los monjes cabeceaban,
una buena bebida añeja, aunque ya se había terminado—
Sus pies sobre la mesa se superpusieron
cada uno deseando no haber comido tanto ganso.
El abad, tras proponer cada brindis,
había bebido más jugo de uva del que debía.
Las luces comenzaron a arder en un azul distintivo,
como siempre lo hacen las luces en las historias de fantasmas.

Las puertas, incluso con barrotes y cerrojos seguros,
dio paso—de mi afirmación nadie puede dudar,
nadie como tú conoce mejor este hecho—
que los fantasmas son tipos a los que no se puede excluir,
es una cosa de mucho lamentar
que se permita a gente tan resbaladiza,
porque a menudo llegan en momentos incómodos,
como bien conocen todos aquellos que hayan leído esta historia.

El abad se sentó pegado a su silla,
su ojo se volvió del tamaño de cualquier dólar,
el fantasma lo tomó después bruscamente del pelo
y le pidió que lo acompañara, con acentos huecos.
Los frailes no pudieron hacer otra cosa que quedar boquiabiertos,
el espíritu tiró de él con rudeza por el cuello,
y antes de que alguien pudiera decir “¡Oh, jiminy!”
la pareja se desvaneció rápidamente por la chimenea.

Naturalmente, todos buscaron por todas partes,
pero no se pudo encontrar ni un vestigio del obispo,
los monjes, cuando alguien preguntaba, declaraban
que San Pedro arrebataría al cielo a su señor renombrado,
aunque los malvados dijeron (esos sinvergüenzas no son raros)
que el curso del Abad estaba más cerca del subsuelo;
pero la iglesia enseguida le puso a su nombre la empuñadura
de Santo, reprendiendo así todo ese escándalo.

Aunque después de esto, los monjes se volvieron más devotos,
y vivieron exclusivamente de la comida y leche para el desayuno;
cada mañana, de cuatro a cinco, uno tomaba un puñal
y azotaba a sus compañeros hasta que se volvían frailicos y buenos.
Espíritus que desde ese momento se quedaron sin comarca,
y vivieron de su admiración. Tenemos
el veraz registro de todos estos hechos
de un antiguo manuscrito hallado en las ruinas.

A Fable for Feasters

In England, long before that royal Mormon
King Henry VIII found out that monks were quacks,
And took their lands and money from the poor men,
And brought their abbeys tumbling at their backs,
There was a village founded by some Norman
Who levied on all travelers his tax;
Nearby this hamlet was a monastery
Inhabited by a band of friars merry.

They were possessors of rich lands and wide,
An orchard, and a vineyard, and a dairy;
Whenever some old villainous baron died,
He added to their hoards—a deed which ne’er he
Had done before—their fortune multiplied,
As if they had been kept by a king fairy.
Alas! no fairy visited their host,
Oh, no; much worse than that, they had a ghost.

Some wicked and heretical old sinner
Perhaps, who had been walled up for his crimes;
At any rate, he sometimes came to dinner,
Whene’er the monks were having merry times.
He stole the fatter cows and left the thinner
To furnish all the milk—upset the chimes,
And once he sat the prior on the steeple,
To the astonishment of all the people.

When Christmas time was near the Abbot vowed
They’d eat their meal from ghosts and phantoms free,
The fiend must stay home—no ghosts allowed
At this exclusive feast. From over sea
He purchased at his own expense a crowd
Of relics from a Spanish saint—said he:
“If ghosts come uninvited, then, of course,
I’ll be compelled to keep them off by force.”

He drencht the grown he wore with holy water,
The turkeys, capons, boars, they were to eat,
He even soakt the uncomplainging porter
Who stood outside the door from head to feet.
To make a rather lengthy story shorter,
He left no wise precaution incomplete;
He doused the room in which they were to dine,
And watered everything except the wine.

So when preparations had been made,
The jovial epicures sat down to table.
The menus of that time I am afraid
I don’t know much about—as well’s I’m able
I’ll go through the account: They made a raid
On every bird and beast in Æsop’s fable
To fill out their repast, and pies and puddings,
And jellies, pasties, cakes among the good things.

A mighty peacock standing on both legs
With difficulty kept from toppling over,
Next came a viand made of turtle eggs,
And after that great pie made of plover,
And flagons which perhaps held several kegs
Of ale, and cheese which they kept under cover.
Last, a boar’s head, which to bring in took four pages,
His mouth an apple held, his skull held sausages.

Over their Christmas wassail the monks dozed,
A fine old drink, though now gone out use—
His feet upon the table superposed
Each wisht he had not eaten so much goose.
The Abbot with proposing every toast
Had drank more than he ought t’have a grape juice.
The lights began to burn distinctly blue,
As in ghost stories lights most always do.

The doors, though barred and bolted most securely,
Gave way—my statement nobody can doubt,
Who knows the well known fact, as you do surely—
That ghosts are fellows whom you can’t keep out;
It is a thing to be lamented sorely
Such slippery folk should be allowed about,
For often they drop in at awkward moments,
As everybody’ll know who read this romance.

The Abbot sat as pasted to his chair,
His eye became the size of any dollar,
The ghost then took him roughly by the hair
And bade him come with him, in accents hollow.
The friars could do nought but gape and stare,
The spirit pulled him rudely by the collar,
And before any one could say “O jiminy!”
The pair had vanisht swiftly up the chimney.

Naturally every one searcht everywhere,
But not a shred of Bishop could be found,
The monks, when anyone questioned, would declare
St. Peter’d snatch to heaven their lord renowned,
Though the wicked said (such rascals are not rare)
That the Abbot’s course lay nearer underground;
But the church straightway put to his name the handle
Of Saint, thereby rebuking all such scandal.

But after this the monks grew most devout,
And lived on milk and breakfast food entirely;
Each morn from four to five one took a knout
And flogged his mates ‘till the grew good and friarly.
Spirits from that time forth they did without,
And lived the admiration of the shire. We
Got the veracious record of these doings
From and old manuscript found in the ruins.

Extraído de POEMS Written in Early Youth, by T.S. Eliot, Farrar, Straus & Giroux, New York, 1969, pp. 3-8 | Traducción de Juan Arabia | Buenos Aires Poetry, 2021 | Imagen: © The Estate of T. S. Eliot.

Texto de la versión original en The Harvard Advocate, lxxxviii, 7, 1910. Firmado: “T. S. Eliot”.  El tema de este ejercicio a la manera de Laforgue fue sugerido por la segunda estrofa de su “Locutus de Pierrot, xii”:

Encore un de mes pierrots mort ;
Mort d’un chronique orphelinisme ;
C’était un coeur plein de dandysme
Lunaire, en un drôle de corps.

Humouresque

(A la manera de J. Laforgue)

Una de mis marionetas está muerta,
pero todavía no estoy cansado del juego―
aunque me siento débil de cuerpo y cabeza,
(un títere tiene tal estructura).

Pero esta marioneta muerta
me gustaba bastante: una cara común,
(el tipo de rostro que olvidamos)
pellizcada en una mueca cómica y aburrida;

Mitad intimidación, mitad aire implorante,
boca torcida al ritmo de la última melodía;
su mirada de quién-diablo-eres;
traducida, tal vez, a la luna.

Déjalo ahí, junto a las otras inútiles cosas
del Limbo, arengando espectros;
“la moda más elegante desde la primavera pasada”,
“el estilo más reciente en la Tierra, lo juro”.

“¿Por qué no consiguen algo con más clase?”
(débil desprecio de nariz),
“tu, maldita luz de luna, peor que el gas―”
“ahora en Nueva York”― y así continúa.

Lógica de una marioneta, todas equivocadas
premisas; sin embargo en alguna estrella
¡un héroe!― ¿A dónde pertenecería?
Pero, incluso de esa forma, ¡qué máscara más bizarra!

Humouresque

(After J. Laforgue)

One of my marionettes is dead
Though not yet tired of the game―
But weak in body as in head,
(A jumping-jack has such a frame).

But this deceaséd marionette
I rather liked: a common face,
(The kind of face that we forget)
Pinched in a comic, dull grimace;

Half bullying, half imploring air,
Mouth twisted to the latest tune;
His who-the-devil-are-you stare;
Translated, maybe, to the moon.

With Limbo’s other useless things
Haranguing spectres, set him there;
“The snappiest fashion since last spring’s,
“The newest style, on Earth, I swear.

“Why don’t you people get some class?
(Feebly contemptuous of nose),
“Your damned thin moonlight, worse than gas―
“Now in New York”―and so it goes.

Logic a marionette’s, all wrong
Of premises; yet in some star
A hero!–Where would he belong?
But, even at that, what mask bizarre!


Extraído de POEMS Written in Early Youth, by T.S. Eliot, Farrar, Straus & Giroux, New York, 1969, pp. 24-25 | Traducción de Juan Arabia | Buenos Aires Poetry, 2021. 

No hay evidencia que demuestre cuándo se envió este poema a Poetry (Chicago), de la cual Harriet Monroe fue fundadora y editora*. Hubo un intervalo de cinco años entre la “Class Ode” de Harvard y la próxima aparición de Eliot en forma impresa, con The Love Song of J. Alfred Prufrock, que se publicó, por recomendación de Ezra Pound, en el número de Poetry de junio de 1915. “La muerte de San Narciso” probablemente se escribió durante este intervalo, pero ciertamente no se escribió en tipo con miras a su publicación hasta después de la aparición de “Prufrock” .
Por otro lado, el hecho de que sus primeras líneas fueran incorporadas casi exactamente en The Waste Land (1922) no debe tomarse como una fecha posterior para su composición:

There is shadow under this red rock
(Come in under the shadow of this red rock),
And I will show you something different from either
Your shadow at morning striding behind you
Or your shadow at evening rising to meet you

*  La prueba de galera original, finalmente nunca publicada, es conservada en la Colección Harriet Monroe de la Universidad de Chicago.

La Muerte de San Narciso

Ven bajo la sombra de esta gris roca—
Entra bajo la sombra de esta gris roca
y te mostraré algo diferente de tu
sombra que se extiende sobre la arena al amanecer,
o tu sombra saltando detrás del fuego de la piedra roja:
te mostraré su tela ensangrentada y sus miembros
y la gris sombra en sus labios.

Alguna vez caminó entre el mar y los altos acantilados
cuando el viento lo hizo consciente de que sus miembros se cruzaban suavemente
y de sus brazos cruzados sobre el pecho.
Cuando caminaba por los prados
su propio ritmo lo sofocaba y lo calmaba.
Junto al río
sus ojos eran conscientes de las esquinas puntiagudas de sus ojos
y sus manos conscientes de las afiladas puntas de sus dedos.

Abatido por tal conocimiento
no pudo vivir al estilo de los hombres, sino que se convirtió en un bailarín antes Dios
si caminaba por las calles de la ciudad
parecía pisar los rostros, muslos y rodillas convulsivas.
Entonces salió del fondo de la roca.

Primero estuvo seguro de que había sido un árbol,
torciendo sus ramas entre sí
y enredando sus raíces una con otra.

Luego supo que había sido un pez
con el resbaladizo vientre blanco apretado entre sus propios dedos,
retorciéndose en su propio puño, su antigua belleza
atrapada rápidamente en las puntas rosadas de su nueva belleza.

Después había sido una muchacha
atrapada en el bosque por un viejo borracho
conociendo al final el sabor de su propia blancura,
el horror de su propia suavidad,
y se sintió borracho y viejo.

Entonces se convirtió en un bailarín para Dios,
porque su carne estaba enamorada de las flechas ardientes
bailó sobre la arena caliente
hasta que llegaron las flechas.
Mientras las abrazaba, su piel blanca se rindió
al enrojecimiento de la sangre, hallando satisfacción.
Ahora está verde, seco y manchado
con la sombra en su boca.

The death of Saint Narcissus

Come under the shadow of this gray rock—
Come in under the shadow of this gray rock,
And I will show you something different from either
Your shadow sprawling over the sand at daybreak, or
Your shadow leaping behind the fire against the red rock:
I will show you his bloody cloth and limbs
And the gray shadow on his lips.

He walked once between the sea and the high cliffs
When the wind made him aware of his limbs smoothly passing each other
And of his arms crossed over his breast.
When he walked over the meadows
He was stifled and soothed by his own rhythm.
By the river
His eyes were aware of the pointed corners of his eyes
And his hands aware of the pointed tips of his fingers.

Struck down by such knowledge
He could not live men’s ways, but became a dancer before God.
If he walked in city streets
He seemed to tread on faces, convulsive thighs and knees.
So he came out under the rock.

First he was sure that he had been a tree,
Twisting its branches among each other
And tangling its roots among each other.

Then he knew that he had been a fish
With slippery white belly held tight in his own fingers,
Writhing in his own clutch, his ancient beauty
Caught fast in the pink tips of his new beauty.

Then he had been a young girl
Caught in the woods by a drunken old man
Knowing at the end the taste of his own whiteness,
The horror of his own smoothness,
And he felt drunken and old.

So he became a dancer to God,
Because his flesh was in love with the burning arrows
He danced on the hot sand
Until the arrows came.
As he embraced them his white skin surrendered itself
to the redness of blood, and satisfied him.
Now he is green, dry and stained
With the shadow in his mouth.

Extraído de POEMS Written in Early Youth, by T.S. Eliot, Farrar, Straus & Giroux, New York, 1969, pp. 28-30 | Traducción y Nota de Juan Arabia | Buenos Aires Poetry, 2021

Extraído de POEMS Written in Early Youth, by T. S. Eliot, Farrar, Straus & Giroux, New York, 1969, p. 19 (original version in The Harvard Advocate, lxxxvi, 4, November 13 th, 1908. Signed: “T. S. E.”) | Traducción de Juan Arabia, Buenos Aires Poetry, 2020. 

Antes del Amanecer

Mientras todo el Este se tejía de rojo y gris,
las flores en la ventana se volvieron hacia el amanecer,
pétalo sobre pétalo, esperando el día,
flores frescas, flores marchitas, flores del amanecer.

Las flores de esta mañana y las flores de ayer
su fragancia fluye por la habitación al amanecer,
fragancia del brote y fragancia de la descomposición,
flores frescas, flores marchitas, flores del amanecer.

Before Morning

While all the East was weaving red with gray,
the flowers at the window turned toward dawn,
petal on petal, waiting for the day,
fresh flowers, withered flowers, flowers of dawn.

This morning’s flowers and flowers of yesterday
their fragrance drifts across the room at dawn,
fragrance of bloom and fragrance of decay,
fresh flowers, withered flowers, flowers of dawn.