Se publica Hambre, un volumen de cuentos inéditos de John Fante, mítico narrador estadounidense.


Rescatadas y recopiladas por el biógrafo de John Fante, Stephen Cooper, Hambre reúne diecisiete “nuevas” historias y el prólogo completo antes no publicado que Fante escribió para su novela más conocida, Pregúntale al polvo. Tal como describe en el prefacio, Cooper tuvo acceso a la amplia y caótica casa de los Fante en Point Dume, Malibú, gracias al consentimiento de Joyce, la viuda del autor.

En cuatro archivadores altos de una habitación oscura –el estudio de John– se conservaban sobres, cartas, cheques, cuadernos y folios inéditos escritos a mano y a máquina. Como es sabido, el reconocimiento tardío de su obra se debe nada menos que a Charles Bukowski, que tras su éxito comercial no tardó en reconocer (y por tanto arrastrar con él) a Fante como su principal influencia.

Por aquel entonces, hablamos de los años 80, Fante ya estaba retirado, ciego, con ambas piernas amputadas (el exceso de la bebida le ocasionó diabetes), esperando ver el último delfín de su mar congelado.

Pese a lo dramático de su historia, y más allá de que en la obra de Fante se diluyen las fronteras entre realidad y ficción, en su extraordinaria prosa se repliegan los valores más sencillos del ser humano, cargados de humor, ironía y una escasa preocupación por el buen gusto y los estándares sociales: “Me negué a creer en Jenny. Es demasiado astuta, demasiado codiciosa, demasiado gorda para ser sensible al sufrimiento y la ternura”.

Estos relatos, escritos entre 1932 y 1959, deben leerse junto a sus novelas, ya que parecen hermanados y salidos de los dos períodos más productivos de su trayectoria.

Fante escribió tres grandes novelas cuando era joven y desconocido (Camino de Los Ángeles, Espera a la primavera Bandini Pregúntale al polvo) para más tarde “venderse” a la industria del cine. En un intervalo posterior de cinco años, dejó la escritura para dedicarse solo a beber y jugar golf.

En los relatos aquí incluidos, como “Voces quedas”, “Un sujeto monstruosamente listo” o “Póngalo a mi cuenta” (esbozo del posterior cuarto capítulo de Espera a la primavera Bandini), regresa su alter ego Arturo Bandini, un escritor joven y prometedor, que por haber nacido pobre y criarse en el seno de una familia italoamericana, debe lidiar con sórdidos escenarios y trabajos mientras riega su alma con lecturas de Nietzsche, Knut Hamsun y Sherwood Anderson.

En otras historias, como “El caso del escritor obsesionado”, “El sueño de mamá” y “La primera vez que vi París”, regresa Henri Molise, alter ego con el que Fante se sintió más representado en su edad madura: un verdadero escritor que fue consumido por la necesidad de ganar dinero, ahora progenitor, esposo y esclavo de la manutención familiar, custodio de una casa: “Abandoné la vieja costumbre de leer antes de dormir y la sustituí por la limpieza del arma. Cada noche me sentaba en la cama con el cepillo, la lata del aceite y un trapo. El revólver brillaba como una joya negra”.

Un plus de gratificación acompaña estos relatos: la inclusión del prólogo de Pregúntale al polvo, un texto conmovedor, escrito por momentos en prosa poética, y que además restituye como poco material historiográfico el verdadero escenario de la posterior crisis de los años 30 en la ciudad de Los Ángeles: “Así que titulo mi libro Pregúntale al polvo porque el polvo del Este y el Medio Oeste está en estas calles, y es un polvo en el que no crece nada, una cultura sin raíces, es una frenética lucha por el arraigo, el frenesí vacío de personas desesperadas y perdidas que anhelan una tierra que nunca podrá pertenecerles”.


Hambre, John Fante. Trad. Antonio Prometeo Moya. Editorial Anagrama, 288 págs.


TEXTO PUBLICADO EN REVISTA Ñ | DIARIO CLARÍN | 13/10/2022

John Fante (segundo por la izquierda), entre el escritor William Saroyan y Carol Saroyan, en una vista por el divorcio de estos, en Santa Mónica en 1952. Imagen: UNIVERSITY OF SOUTHERN CALIFORNI (CORBIS VIA GETTY IMAGES)

Se publica La enfermedad de escribir, las encendidas cartas que el narrador estadounidense les envió a colegas, editores y amigos, entre ellos Henry Miller, Lawrence Ferlinghetti y su héroe literario John Fante.


Charles Bukowski no fue, a pesar de lo que consideran algunos, un escritor o un poeta improvisado. Lector hambriento y radical, como Arthur Rimbaud, compartía con éste, además, un programa poético que incluía fuertes dosis de alcohol y desarreglo, y cuyo propósito no era otro que golpear y desfigurar como un perro las instituciones y tradiciones literarias.

Esta edición y selección de su correspondencia, llena de fuerza, verdad y comprensión, enciende al igual que sus mejores obras la llama interna del bulldog con corazón de infierno.

Para Bukowski, antes que todo, existe un problema muy esencial: siempre ha habido un abismo demasiado grande entre la literatura y la vida, y quienes han creado literatura no han escrito sobre la vida y los que han vivido la vida han sido excluidos de la literatura.

Algunos avances habrían existido, claro, pero desde los tiempos de Shakespeare “la poesía era falsa y aburría a un muerto”. Enterado y nutrido de lo que sucedió y sucedía en el campo (desde el New Criticism y emergencias como la escuela Black Mountain o la Beat Generation), Bukowski sólo reconocía de su lado a aquellos que habrían pateado para el mismo lado de su llama: Louis-Ferdinand Céline, John Fante, el primer Hemingway, Knut Hamsun, y poetas como Ezra Pound, W. H. Auden y Stephen Spender.

Sin embargo, incluso de muchos ellos reclamaba distancia: “Corrington dice que Corso y Ferlinghetti tienen talento. No leo tanto como debería, pero creo que el poeta moderno tendría que reflejar las corrientes de la vida moderna, no hay que seguir escribiendo como Frost, Pound, Cummings o Auden, es como si se hubieran desviado de la meta dando traspiés, se han quedado antiguos. Siempre he pensado que Frost daba traspiés y que se salió con la suya a base de sandeces”.

En muchas de estas cartas, dirigidas a editores como John Martin, Jon Webb, Lawrence Ferlinghetti y Whit Burnett, así como a escritores como Harold Norse, Henry Miller y Jack Micheline, Bukowski rememora algunos hechos repetitivos de su biografía literaria: tras haber publicado varios relatos en la emblemática Story (revista que por primera vez publicó a autores como J. D. Salinger) y Portfolio, dejó de escribir por mucho tiempo.

Un día el futuro autor de Música de cañerías llegó al hospital general de Los Ángeles desangrándose vivo tras una borrachera que duró diez años: “Una vez acabé en el ala para pobres del hospital. Me salía sangre a chorros por la boca y el culo (…) me dejaron tirado dos días en una cama antes de hacerme caso, luego se les ocurrió la absurda idea de que tenía contactos en los bajos fondos y me metieron sin parar casi tres litros y medio de sangre y cuatro de glucosa. Me dijeron que si volvía a beber la palmaría. Al cabo de 13 días conducía un camión, levantaba paquetes de más de 20 kilos y bebía vino barato lleno de azufre. No se enteraban de nada: quería palmarla. Pero, como bien saben algunos suicidas, la estructura humana puede ser dura como el acero”.

Al salir del hospital, y con sólo 35 años, consiguió una máquina de escribir y empezó a teclear de nuevo, aunque esta vez poesía. Y ese fue el género en que incursionó hasta el último de sus días, pese a que hablamos de un autor que se consagró por medio de su columna Notes of A Dirty Man para el periódico independiente Open City de Los Ángeles y sus novelas (Mujeres, Cartero y Factótum), escritas entre los años 70 y los 80.

Esto es algo que se comprueba en una de sus cartas a Jon Webb, fechada en agosto de 1960: “Varias personas me han pedido que escriba una novela. Que les den. No escribiría una novela ni aunque me lo suplicara Jruschov. Mandé todo a la mierda durante 10 o 15 años, no escribí nada”.

Fue su amigo y editor de Black Sparrow Press, John Martin, quien le ofreció una remuneración mensual a fines de los años 60 para que el autor dejara de trabajar en la oficina de correos y pudiera dedicarse a la escritura a tiempo completo.

Amante de los hipódromos, lugar donde salía a buscar inspiración cuando se secaba, lo que más detestaba Bukowski era la sociabilidad y el egocentrismo de grupos populares como los Beats, quienes creían, según él, que estar en el mainstream literario era más importante que la propia creación literaria (“dependen de Timothy Leary y de Bob Dylan, quienes acaparan las noticias de portada”).

Bukowski se mantuvo alejado de los focos y se entregó en cuerpo y alma a la escritura. Para él, básicamente, la creación era una válvula de escape para lo que de otra forma terminaría en suicidio o en el encierro en un manicomio. Creía, por otro lado, que los poemas tenían que salir de la misma forma que sale un vómito a la mañana luego de una borrachera.

Por eso detestaba a poetas que consideraba rebuscados y complejos, como T. S. Eliot, Robert Lowell y Robert Creeley: “Fracasamos cuando comenzamos a mentirnos en los poemas solo porque queremos crear un poema. Por eso nunca reviso nada, y dejo todo tal cual lo escribo; si he mentido en un principio, no sirve de nada revisar los poemas, y si no he mentido no tengo nada de lo que preocuparme. A veces leo poemas en revistas como Poetry de Chicago y noto que los han cepillado y pulido. Paso las páginas y nada, solo mariposas, mariposas casi sin vida”, disparaba.

Todo este epistolario reunido se caracteriza por su espontaneidad y sinceridad. De hecho, parecen poemas y huelen a vida. Contienen, además, pasajes muy felices de misivas que le envió a muchos escritores que admiraba, como Hilda Doolittle y John Fante, su Dios literario.

A pesar de ser un caballo de mal carácter, difícil de montar y que no aparentaba ser un ganador, muchos de sus editores (especialmente Jon Webb, Marvin Malone y John Martin) siempre creyeron que Bukowski era un diamante en bruto.

Estos escritos, que incluyen momentos que van desde su juventud hasta sus últimos días, demuestran claramente cómo Bukowski se valió por sus propios medios: sin formación académica, sin contactos en el campo literario. Y sin embargo logró lo que todos escritores anhelan: ser leído por todo tipo de público y vivir, aunque de forma tardía, de su escritura.

En una de las últimas cartas, escrita dos años antes de su muerte, Charles Bukowski precisó: “No hay mayor recompensa que escribir. Lo que viene después es secundario. No entiendo que los escritores dejen de crear. Es como arrancarse el corazón y tirarlo al inodoro junto con la mierda. Escribiré hasta mi último aliento, me da igual que guste o no. El final será como el comienzo. Ese es mi destino”.


La enfermedad de escribir, Charles Bukowski. Trad. Abel Debritto. Anagrama, 248 págs.

27/01/202 | Clarín.com Revista Ñ Literatura Reseñas