Leonard Cohen, La Llama, Ediciones Salamandra, Noviembre de 2018 | Publicado en Diario PERFIL, Domingo 10 de Marzo de 2019.

Vayamos a lo específico, matemos la llama. Un libro como el recientemente publicado de Leonard Cohen (Montreal, 1934 – Los Ángeles, 2016), La Llama (The Flame), puede presentar todo tipo de conjeturas.
De “género”, podría ser la primera, y de lo que algunos poetas consideran por “poesía”. Aunque la literatura moderna no puede ignorar que tanto en Grecia como en Provenza la poesía alcanzó su máximo esplendor rítmico y métrico en momentos en que el arte poético y musical se hallaban íntimamente ligados.
Además podrían discutirse aspectos de ventajismo comercial, estructurales; o de la traducción misma de poesía, problemática que conlleva a considerar los elementos estéticos de las versiones originales.
Leonard Cohen era muy puntilloso, un perfeccionista extremo. Y esta traducción, evidentemente, no estaría representando sus brillantes alas.
No porque traicione su sentido, sino porque no lo estaría elevando a su esencia, a sus verdaderos riesgos rítmicos y musicales.
Este libro incluye una serie de textos que Cohen seleccionó y que habrían de conformar su último libro de poemas.
La Llama, título escogido por su hijo Adam debido a la repetición de la palabra “flame” a lo largo de todo su trabajo, recoge 63 poemas que el mismo autor eligió cuidadosamente de un acervo de textos inéditos y que abarca varias décadas.
Además, incluye las letras de canciones de sus últimos cuatro discos (“Alerta Azul”, “Viejas Ideas”, “Problemas Populares” y “Lo Quieres Más Oscuro”), muchas de los cuales ya habían sido publicados originalmente como poemas en The New Yorker.
Una tercera parte presenta una selección de los cuadernos que Leonard llevó consigo desde su adolescencia hasta el último día de su vida.
Además de estas tres secciones, supuestamente estipuladas por Cohen, el autor quiso incluir en el libro su memorable discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias, leído en Oviedo en el 2011, junto a muchos de sus propios autorretratos y dibujos.

A diferencia de sus álbumes, esta vez nos encontramos -al menos en lo que respecta a sus primeros poemas y las notas de sus cuadernos- con un poeta que sólo tiene que valerse de palabras (en sentido rítmico y semántico).
Es el caso de la primera sección del libro, estos 63 inéditos y nuevos poemas, donde Cohen parece deshacerse de lo que habría sido su legado, en su último disco: “lo quieres más oscuro / apagamos la llama”. Acá en cambio encontramos otra posibilidad en el recorrido: “Trabajé siempre con firmeza / Pero nunca lo consideré un arte / ahí estaban los esclavos / Los cantantes encadenados y carbonizados / Pero el arco de la justicia ha cedido / Y los heridos pronto se manifestarán / Perdí mi trabajo defendiendo / Lo que le pasa al corazón”.
El autor, en ese sentido, da largas muestras de no habitar ya en La Torre de la Canción, (el poema está fechado el 24 de junio de 2016): “No era nada, sólo negocios / pero dejó una fea marca / Y aquí estoy revisitando / Lo que le pasa al corazón”; “Vendía abalorios santos / Vestía con cierta elegancia / Tenía un gato en la cocina / Y una pantera en el jardín / En la prisión de los talentosos / Me llevaba bien con el guardia / Y nunca tuve que ser testigo / De lo que le pasa al corazón”.
Hay grandes poemas, además, en esta primera parte de La Llama, como “La resaca”, “15 de enero de 2007, Cafetería Sicily”, “Pleno empleo”, “Lo que va a ocurrir 16.02.03”, “Agradecido” y “Invierno en Mount Baldy”.
Todos estos poemas cobran mayor efectividad, ya que al final del libro aparecen los originales y el lector puede comparar el sonido verdadero, carácter exclusivo de su forma de arte. En lo que respecta a la edición inglesa firmada por Robert Faggen y Alexandra Pleshoyano en julio de 2018, y que este volumen traduce e incluye, leemos: “Todo el mundo sabe que Leonard solía trabajar en sus poemas durante años, a veces décadas, antes de publicarlos, y él mismo dio éstos por concluidos”.
Probablemente, y salvo que un trabajo y esfuerzo mantenga algo del espíritu original, un libro de poesía traducido al “español” no le pueda hacer justicia a sus versos. Leonard Cohen es Bíblico. Sus letras son mesiánicas, están escritas en el lenguaje de los libros sagrados: “And fastened here, surrendered to / My Lover and My Lover, / We spread and drown as lilies do- / forever and forever”.
En el prólogo a esta edición, escrita por su hijo Adam, leemos: “Este libro contiene los últimos esfuerzos de mi padre como poeta. Ojalá lo hubiera visto terminado, y no porque en sus manos hubiera sido un libro mejor, más acabado, más generoso y estructurado, ni porque, de una manera más fiel, hubiera reflejado lo que mi padre quería ofrecer a sus lectores, sino porque su cometido era lo que lo mantenía vivo al final de sus días, su único objetivo vital”.

Leonard Cohen, La Llama. Traducción de Alberto Manzano Lizandra, Ediciones Salamandra, Noviembre de 2018 | Publicado en Diario PERFIL, Domingo 10 de Marzo de 2019.

 

 

José Domingo Gómez Rojas | Rebeldías Líricas (Publicado en Diario Perfil, 01 de noviembre de 2020)

De José Domingo Gómez Rojas (1896-1920) importan tanto sus poemas como su historia. Con sólo diecisiete años publicó Rebeldías Líricas (del que no sólo se publican poemas en esta antología), un libro profético que resultaría su única publicación en vida.

Simpatizaba con los obreros y anarquistas de la época, leía sus poemas en espacios públicos. Según el prologuista del libro, Nicolás Vidal, luego de terminar el liceo Gómez Rojas habría atravesado la cordillera a pie, para quedarse unos meses en Mendoza donde se hizo conocido y admirado dentro del ambiente anarquista.

A su regreso estudió Derecho en la Universidad de Chile y militó en las juventudes radicales, siendo parte del 24° Consejo de la Federación Obrera de Chile.

En 1920 se llevó a cabo “el proceso a los subversivos”, un año de represión del Estado chileno en contra de estudiantes y anarquistas que llevó a la cárcel a cerca de mil personas con las más insólitas pruebas.

Es el caso del joven poeta que, acusado de pertenecer al movimiento Industrial Workers of the World, fue procesado por el juez José Astorquiza.

La relación de Gómez Rojas con Astorquiza fue conflictiva desde un comienzo, y se podría alegar que la muerte del poeta fue precedida por una tortura mental y física: “No tiene derecho a dormir: un insomnio obligado (…). El frío es horroroso en esa celda inmunda (…). Y el poeta no come, no duerme (…). En ese estado frenético solo le queda gritar. Lo amordazan. ‘El poeta finge’, aseguran sus carcelarios. Entonces, al no tener voz, comienza a arañarse la cara y su rostro de a poco se va desfigurando. ‘Sigue fingiendo’, repiten. Le amarran las manos. Le amarran los pies. Lo desnudan, recibe baldes de agua fría”.

Bajo esas condiciones, contrae difteria y luego meningitis, y finalmente muere con sólo 24 años.

La poesía de Gómez Rojas, dentro de un lirismo místico y desamparado, prefiguró no sólo su propio destino, sino el de la oscura y trágica historia de Chile, así como la de muchos otros países sudamericanos: “habréis de regresar, en los éxodos / a las eternas noches del olvido.”, “El paisaje brumoso / serpentea en los cerros, tortuoso / y se desliza por las calles planas”, “El sol en el crepúsculo se apaga / como un rojo pendón… todo sangriento”.

José Domingo Gómez Rojas, Rebeldías Líricas, Ediciones Universidad Diego Portales, 2020.

Kaneko Misuzu | El alma de las flores (Publicado en Diario Perfil, 26 de enero de 2020)

Pocas veces se combinan experiencias tristes y desdichadas con resultados literarios felices. Es el caso de Kaneko Misuzu (Nagato, Japón, 1903-1930), poeta que se quitó la vida a los veintiséis años tras una larga y tortuosa relación de pareja, y de la que se publica ahora esta selección de sus poemas por primera vez en nuestro idioma.

Sabemos que su marido, además de resultar infiel, por medio de sus privilegiados derechos parentales la fue separando del mundo de los libros y le prohibió la escritura. Aunque su desgracia recién comenzaba.

Kaneko Misuzu fue contagiada por su esposo de una grave enfermedad sexual, y la pareja se divorció finalmente en 1930. No alcanzó todo esto a su exmarido, quien reclamó luego la custodia de su pequeña hija, y la poeta vencida física y emocionalmente se suicidó con una sobredosis de calmantes.

Habiendo sólo publicado algunos poemas en revistas, y tras largos años de completo olvido, fue el poeta y estudioso Setsuo Yazaki quien encontró uno de sus trabajos en una Colección de poemas infantiles de Japón.

Yazaki se demoró dieciséis años en encontrar al hermano de ella, quien seguía conservando los tres cuadernos que contenían los 512 poemas que la poeta había compilado antes de morir.

Pese a todo esto, los poemas de Kaneko Misuzu comprueban un optimismo desbordante, celebran al mundo y a la naturaleza desde un modo que sólo resulta visible para ella.

En ellos, además, quedan asentados los aportes más valiosos de la tradición de la poesía oriental, como la sencillez y el tratamiento directo de la cosa, sin artificios ni adjetivaciones: “En el cielo / una alondra canta, / están arando / el campo de tréboles”; “El paraguas del vendedor viajero / arrastra una pequeña sombra / por la calle blanca y cegadora del mediodía”.

El tratamiento directo se complementa con la yuxtaposición de imágenes concretas, y a la vez cimentadas en imágenes profundas, imágenes de naturaleza extraña y evocativa, cercanas a las representaciones surrealistas: “Nuestros ojos, / botellas de genios”; “En la profundidad del cielo azul, / como guijarros en el mar, / sumergidas, hasta que llega la oscuridad, / están las estrellas, / invisibles a la luz del día”.

Kaneko Misuzu, El alma de las flores. Traducción de Yumi Hoshino y María José Ferrada, Satori Ediciones, 2019.

Anne Carson | Tipos de agua: El camino de Santiago (Publicado en Diario Perfil, 10 de mayo de 2020)

Tipos de agua: El Camino de Santiago de Anne Carson (Toronto, 1950), cuyo título original es Kinds of Water: An Essay on the Road to Compostela, es un libro muy extraño, profético y que trabaja desde muchas capas textuales.
La primera de ellas, la más evidente: una especie de diario que rescata la experiencia del camino del peregrinaje hacia Santiago de Compostela, ciudad en la que muchos afirman haber encontrado los restos del Apóstol Santiago.
Otra capa, más oculta, ya que cada uno de los capítulos comienza con distintos versos de escritores japoneses (Zeami, Gensei, Basho, Shohaku y Tadamine, entre otros) y que funciona como una estricta y minimalista antología de dicha tradición oriental.
Por último, y desde la construcción narrativa, la autora se construye dialógicamente con un personaje que la acompaña en su camino, al que llama –no casualmente– “Mi Cid”, y con el que recorre por algunos caminos de la España medieval del Cantar de mío Cid, como la provincia de Burgos.
Como una declaración de principios, y por tanto como un reconocimiento de sus límites literarios, Anne Carson escribe en el comienzo del libro: “Soy una peregrina (no novelista) y la única historia que tengo que contar es el camino en sí. En cualquier caso, nadie puede escribir una novela sobre un camino, del mismo modo que no puedes escribir una novela sobre Dios, simplemente porque no puedes darle la vuelta”.
Así las cosas, lo que queda por delante es un gran recorrido por el Camino de Santiago, pasando por León, Arzúa, Astorga, Compostela y Finisterre, donde la autora se luce página tras página con su talento poético: “Unos pétalos de rosa están siendo barridos en los escalones de la iglesia mientras pasamos y los rostros de la entrada se iluminan en un vago lamento”; “El agua se abandona a sí misma. El oro no. El oro se apodera de la vida”; “Las amapolas destellan a lo largo del camino, en medio de trozos oscuros de pan oxidado. Al mediodía, las cigarras dejan que sus gargantas rojas reviente. El rojo, me informa Mi Cid, es el único color que los lobos ven”.

Anne Carson, Tipos de agua: El camino de Santiago, Vaso Roto, 2018. 

Luis Chitarroni | Pasado mañana. Diagramas, críticas, imposturas (Publicado en Diario Perfil, 11 de Octubre de 2020)

Cuando la crítica literaria trasciende y absorbe disímiles formaciones y tradiciones, el paso se hace más significativo. Deudor de los ensayos de Chesterton y Borges, aunque por otro lado asumiendo riesgos y tensiones locales (ideológicas y estéticas, desde David Viñas hasta César Aira), este nuevo volumen incluye muchos trabajos (columnas, artículos, obituarios y prólogos) de Luis Chitarroni.

Sin ningún tipo de método o repetición, y sin estar contaminado por ningún tipo de sentido común académico, el despliegue elíptico de sus páginas suelta todo tipo de espuma.

Un cierto tipo de saber enciclopédico, o bien una simple forma de felicidad por la lectura, anclado en cierta nota marginal y postura: “Para quienes leímos a Bolaño de grandes, después de haber leído a Borges, a Wilcock y a Lihn, la experiencia resultó placentera, por supuesto, pero nunca reveladora (…). Quiero decir, la generación de escritores en quienes el influjo de Bolaño persiste es mucho más joven que Guebel o yo. Nosotros crecimos con Aira, que era más próximo y nunca se exilió”.

A diferencia de muchos críticos letrados, devenidos analistas políticos y culturales (oportunismo mediático, determinado modelo de intelectual en Argentina), Chitarroni se ha quedado frente al verdadero mundo de las letras, y por eso puede hacer mediaciones más amplias, como pasar en un párrafo por un disco de Jimi Hendrix, Brian Epstein y modular un verso del Cathay de Ezra Pound, todo en la misma línea.

El libro incluye escritos sobre numerosos autores, desde Charles Dickens, Thomas Hardy, Sherwood Anderson, William Faulkner y John Cage, hasta Manuel Puig, Bioy Casares, Daniel Guebel y poetas no muy reconocidos como Gerardo Deniz (“Deniz empañó las lentes de sus quevedos con Góngora en el ojo izquierdo y Marcabru en el derecho”).

La felicidad de estas páginas se despliega, además, a partir de las vivencias de Chitarroni con autores como David Viñas (del que recuerda decir, en aquellos momentos cuando la crítica literaria y la vida se hacían una: “A mí no me falta, como a Borges, sangre italiana para ser argentino”) y Enrique Fogwill (“Quique me contó de su enfisema, pero ni siquiera entonces caí en la cuenta de que Fogwill era mortal”).

Luis Chitarroni, Pasado mañana. Diagramas, críticas, imposturas, Ediciones Universidad Diego Portales, 2020.  

Emanuele Trevi | Algo escrito (Publicado en Diario Perfil, 27 de Septiembre de 2020)

El protagonista de esta novela, que por momentos bien podría ser considerado un libro de crítica literaria, es un joven escritor que trabaja en la Fundación Pasolini junto a Laura Betti (la Loca), íntima amiga del gran autor y actriz de muchas de sus películas. Su propósito e investigación se centra en Petróleo, el libro con el que trabajó Pasolini desde 1972 hasta el día de su muerte.

Petróleo cuenta con una extrema carga mitológica, ya que nunca ha sido terminado y fue publicado póstumamente en 1992. Además, generó diversos tipos de polémicas y escándalos, especialmente relacionados por su falta de un “sentido” localizable y un alto contenido de erotismo homosexual.

Así las cosas, el intento de Emanuele Trevi es proporcionar un ejercicio crítico sobre una obra oscura, fragmentaria, sin desarrollo o trama visible.

Hay que recordar, por otro lado, que Pasolini era un poeta, y que no le interesaba transformar la literatura toda en narrativa, es decir, hacer “vendible” su material de creación.

Quizá las comparaciones de Trevi resulten precisas y efectivas. Ciertamente, Pasolini no era un escritor como Carver, autor que sufría más que ningún otro la influencia de su editor: “Procurar que un lector reconozca en sus páginas algo de sí y de la existencia que lo rodea es algo que a Pasolini ni se le pasa por la cabeza: equivaldría, para él, a un fracaso”.

Uno de los propósitos de Pasolini, efectivamente, era contar una historia sin el filtro del “narrador”, contarla como un individuo de carne y hueso, algo así como cavar extenso un hoyo en el que caiga todo. Y el asesinato del poeta italiano no hace sino que acrecentar y hacer efectivo este juego.

Trevi hace muy bien en recordar el “rouleau” (o rollo literario, como el de Jack Kerouac) que preparaba el marqués de Sade en la Bastilla; interrumpido, perdido y luego recuperado en 1904 tras su traslado a toda prisa al manicomio de Charenton.

Esta es una de las ideas y preguntas fundamentales que se hace este libro, escrito con fuerza y vitalidad, acerca de la vida, obra y muerte de Pier Paolo Pasolini: “¿no es esta historia una perfecta alegoría del destino humano, en su máximo grado de novedad? ¿Acaso no es eso morir: ser llevados de una celda a otra, en medio de una noche oscura, sin poder llevarnos nada?”.

Emanuele Trevi, Algo escrito. Traducción de Juan Manuel Salmerón Arjona, Sexto Piso, 2020.