Los Beatniks, evocados por Allen Ginsberg: esos jóvenes inoxidables 

En coincidencia con los 100 años del nacimiento de Jack Kerouac, se publica Las mejores mentes de mi generación, que reivindica las virtudes de estos míticos compañeros de ruta.


Editado por Bill Morgan, Las mejores mentes de mi generación: Historia literaria de la Generación Beat, reúne las conferencias que Ginsberg dictó en Naropa Institute de Boulder (Jack Kerouac School of Disembodied Poetics) y en la Universidad de Brooklyn entre 1977 y 1994.

La etiqueta de “rebelión social” ha ocultado la radical propuesta de una visión suprema de la realidad, una ruptura con la naturaleza de la conciencia corriente que ponía de manifiesto la existencia de una más amplia: “Nuestra búsqueda elemental de una forma de mentalidad original, o mentalidad central, no era una rebelión de modo alguno, aunque, como es lógico, en la búsqueda de un corazón o una mentalidad más amplios había que reventar algunas convenciones sociales”.

El budismo, las drogas, el jazz, la influencia de la cultura negra, los viajes a México, fueron solo algunos de los elementos que ayudaron a ampliar estos horizontes. Gracias a estas interrelaciones, por ejemplo, se sentaron las bases de uno de los enfoques más interesantes de la poesía moderna.

Era la misma época, los años cuarenta, cuando William Carlos Williams introducía en el verso la idea de medida variable (pie variable) del habla estadounidense. Mientras saxofonistas como Lester Young y Charlie Parker, y trompetistas como Dizzy Gillespie y Miles Davis hacían algo equivalente con el jazz: el saxofón reflejaba el ritmo respiratorio del habla y era como si hablase con el acento conversacional o con el de la charla excitada. Se había introducido en la música y, esto es lo más importante, un elemento de la voz real reflejaba las irregularidades rítmicas del habla de los negros.

Lo anterior fue decisivo para el principal protagonista de estas conferencias, Jack Kerouac, y tal fue la teoría consciente que aplicó deliberadamente en Mexico City Blues. Sin duda a Ezra Pound, amante de la poesía provenzal (donde música y lírica se fusionaban en una), le hubiera gustado saber que los poemas de Kerouac eran simples canciones (imitaciones de ritmos y respiraciones de Charlie Parker) de tres minutos que entraban y salían de los oídos de todo el mundo, incluidos los suyos.

Las conferencias de Ginsberg muchas veces trabajan con este tipo de material, minucias del oficio, detalles técnicos, avances formales, aunque por momentos recurre a descripciones históricas y simples anécdotas. En estas páginas puede recorrerse la ciudad de Nueva York en los años cuarenta, y los lugares más emblemáticos donde se forjó la generación Beat: el Times Square como centro de gravedad, la Octava Avenida con sus bares de ancianos y adictos: “Europeos, maricones europeos, ocultos y al acecho. Burroughs exploró las drogas, exploró el Times Square y eso (es lo que) nos intrigaba a Jack y a mí, la exploración del mal, de lo siniestro”.

William Burroughs es otro de los protagonistas de este libro, a quien Ginsberg retrata como un simple hombre de acción: “No se consideraba en absoluto un escritor. Le interesaba más aprender a robar a los borrachos del metro y deambular por la Octava Avenida con yonquis. Era como Jean Genet, le atraía el mismo concepto de la moralidad y de las costumbres (…) No era un escritor entregado, se entregaba a otras cosas, se entregaba total y sacramentalmente a explorar su conciencia en cierto sentido, a llegar al final de su mente. Quería meterse en el pozo, el pozo del infierno o el paraíso, para ver lo que había en el fondo”.

Burroughs siempre fue un escéptico sobre el oficio. Escribir, para él, era una actividad romántica, hasta que le encontró una función práctica. Los análisis e interpretaciones en estas conferencias de obras como YonquiQueer El almuerzo desnudo demuestran la naturaleza política de su narrativa, de su obsesión por llegar al interior del lenguaje (palabra-virus que produce la identificación del deseo a través de la fijación lingüística), para llegar al interior de la conciencia y modificarla.

Otra de las figuras que trabaja Ginsberg en profundidad es la del poeta Gregory Corso, tan amigo y confidente suyo como Burroughs y Kerouac. A diferencia de ellos, la salida de la conciencia ordinaria en Corso se da a partir de lo que él mismo denominaba “automatismo”, una idea estética que implica tomar imágenes y símbolos y hacer que se contradigan continuamente, esto es, forjar asociaciones automáticas opuestas: “No dispares al jabalí: / Un niño se me acercó / agitando un océano con un palo”. Se trata de impugnar cada verso, cada verso se niega un poco a sí mismo. El método de Corso tiende a lo contrario, lo opuesto. La belleza como lo inesperado, la belleza como contrasentido, la belleza como sorpresa, la belleza como irrealidad, la belleza como cualquier cosa menos lo que se espera.

Ginsberg dedica, además, algunos apartados a Peter Orlovsky, Carl Solomon y John Clellon Holmes, así como a su propia correspondencia con William Carlos Williams y su expulsión de la Universidad de Columbia. Con inédita pasión y erudición, Allen Ginsberg trabaja sobre un material difícil de maniobrar y traicionar: la dinamita en el corazón de grandes escritores.

Todos ellos sabían, y posiblemente más que cualquier otra generación o movimiento, que estaban catalizando un gran cambio cultural. Aunque muy especialmente Ginsberg atiende cada una de las particularidades de sus integrantes. Cada uno con su propia vida secreta, sus propias humillaciones y victorias. Lo que importa en la literatura, de forma definitiva, es contar la verdadera historia del mundo.

Un pasaje dedicado a los últimos años de Kerouac, su trágico final y sus años de fama, da muestra suficiente del calibre del libro: “Kerouac era realmente un genio solitario e innovador que se adentraba por su cuenta en áreas de composición no reconocidas ni cartografiadas, con valentía suficiente para hacerlo solo. No tenía apoyos, no ya de la sociedad, sino ni siquiera de sus amigos, de su mujer, de su madre, de nadie. Yo estaba involucrado en la aventura de un modo personal, pero más que un apoyo era un lastre. Estoy totalmente avergonzado de aquel papel. Al cabo de unos meses le escribí cartas en que trataba de disculparme y de decirle lo mucho que me gustaba la obra. Me gustó inmediatamente, pero al mismo tiempo me pareció invendible y (como agente) pensaba desde el punto de vista de la publicación. Fue una lección traumática que aprendí sobre las condiciones del arte auténtico. A veces las cosas son desagradables. Cuando rompes la cáscara, brota mierda por la grieta y a veces es un verdadero lío, como en los partos de verdad”.


Las mejores mentes de mi generación. Historia literaria de la Generación Beat. Trad. Antonio-Prometeo Moya. Editorial Anagrama, 528 págs.

18/03/2022 | Clarín.com | Revista Ñ | Literatura

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